A los pies de la cama, oí el ruido y a mi grito aterrado se encendieron las luces y el alforzado traje de abombado organdí que desde ayer pendía de la lámpara y el viso de rayón, y la enagua crujiente de batista, y el ingrávido velo ya no estaban. El sedoso papel que cien recordatorios contenía apareció rasgado por la alfombra. Hasta la verde alberca, atropellando lirios, asido el roto tul al arco del rosal, corrías con mis ropas ataviado. Entre harapos de algas te sacaron inerte, los pómulos tan blancos que muerto te creyera. Y sonreí triunfante, midiendo por tu envidia mi ventaja.
De “Dióscuros” 1982