“Ah!, sí…” Marie Dorval
Edad inimitable, a tu espejo interrogo en cuál de mis innumerables alacenas está la máscara de diosa que de oscuro los mármoles cubría. Vuestro fervor, tan obsesivo éxtasis, la hizo hermosa y distante y proclamó única. Sin embargo, tantas veces os maltrató! Su lengua tan cruel como un látigo era. Tras de los balcones atisbaba ansiosa y a los suplicantes ojos se negaba si de vuestros deseos tenía certidumbre. No os consintió ni una sola hebra de su túnica, ni tan siquiera que hurgarais entre sus collares. Ni pudisteis, a través de una cerradura, mirar cómo parsimoniosa se desvestía haciendo crecer su desnudo desde la bañera. Vaho de enredadera gris. La mano recurriendo a la esponja. Y la fragante espuma, reptando por su cuerpo, en él se introduce instalando su invisible dominio. No bebisteis tampoco en las sabrosas fuentes que anegaban los turbios laberintos que una maligna virginidad clausuró. Ni las sombrías axilas, ni la frondosa concha de la pelvis, ni la entrelazada cabellera supieron del amable tacto de esos dedos que conozco tan bien. Pero cuánto la amáis! No la oisteis gritar cuando el estrépito del placer os sobrevino y tumultuosamente desbordó la hendida cúpula. Mas el recuerdo de ella, precipitándose, os asaltay en mí la buscáis. Qué terrible e inimitable edad. Siempre a tu espejo interrogando. Intento renacer, antigua identidad que os fascinaba, aquel cuerpo tan desconocido, si es que es posible tal metamorfosis. Sabéis ya en qué precisos lugares de mi piel Eros se asienta; los secretos, derramados por la colcha, por vuestras hábiles bocas sorprendidos. Rendida, mis piernas fuertemente a vuestras piernas enlazarán para que la total arremetida a mi vientre penetre y arda en él. Ahora soy costumbre, invadida patria de rutinarias delicias. Al poseerme perdisteis mi belleza anterior y se os han desvanecido los deseos. Mas si me ayudáis a buscar en los armarios las túnicas olvidadas y a rescatar la máscara propicia, si me vuelvo arrogante, ¿os podré convencer? Tan sagaz es la experiencia y tan indestructible su mandato que os sobrepasé largamente. Incluso os instruiría. Y me lo reprocháis. Edad inimitable, donde los dioses habitaban y era la admiración el tributo único que a mis pies esparcíais.
No me pidáis que vuelva, pues la inocencia es irrecuperable.
De “Los devaneos de Erato” 1980