Un hombre y una mujer absolutamente blancos

Un hombre y una mujer absolutamente blancos

En el fondo de la sombrilla veo a las maravillosas prostitutas Con su vestido un poco ajado junto al farol color de los bosques Se pasean con un gran pedazo de papel mural Como no se puede contemplar sin que se oprima el corazón los viejos pisos de una casa en demolición O una concha de mármol blanco desprendida de una chimenea O una red de esas cadenas que detrás de ellas se enredan El gran instinto de la combustión se apodera de las calles donde ellas permanecen Como flores asadas Los ojos levantando a lo lejos un viento de piedra en los espejos Mientras se abisman inmóviles en el centro del torbellino Nada iguala para mí el sentido de su pensamiento desaplicado La frescura del arroyo en el que sus botines mojan la sombra de su pico La realidad de esos puñados de heno cortado en donde desaparecen Veo sus senos que ponen una punta de sol en la noche profunda Donde el tiempo de inclinarse y erguirse es la única medida exacta de la vida Veo sus senos que son estrellas sobre olas Sus senos en los que llora para siempre la invisible leche azul

Versión de Manuel Álvarez Ortega