Ahora, en la mañana oscura del desceñido octubre, en que, umbroso y en calma, yace el mar entregado a la pura aquiescencia del cielo, al deslizarse de las nubes blancas que un gris ya casi mineral golpea, marmóreo, dilatado, ahora, mientras el tiempo gira a punto de ser siempre alumbramiento, sin dar a luz más que el instante cierto y siempre tembloroso, y damos vueltas en su vientre ciego, y entrega solamente un puñado de arena que vemos escurrirse entre las manos, mientras un niño juega, después de echar los dados, ahora, sólo ahora, el comienzo comienza.