El libro, tras la duna IV

El libro, tras la duna IV

Me seguía un perrillo hambriento y fiel. Yo era fiel también a sus pasos, y no sabría decir, ahora, quién seguía a quién. Y exploraba con mi hermana, o con algún amigo, y muchas veces solo, los pasajes del fuego sediento, el verano en las bellas laderas, o los felices charcos del otoño insular. En lo más alto de los árboles hice un mirador sobre la casa y sobre los caminos que hasta ella llevaban, la camisa manchada por el níspero de julio y con tierra en las manos, descalzo sobre la tierra húmeda y rojiza.

¿Podré decir, así, que el cielo como manto allá arriba protegía con su extendida claridad mis pasos? Amada tierra de esplendor, cavé desde entonces en ti, y en ti me acogerás.