Comenzaba a saber (pero sólo del modo en que ignorarlo es una forma de conocimiento) que, al igual que el silencio ha de ser una parte del decir, que al igual que la visión del cielo forma parte del cielo, una nube interior, muy parecida a la que fluye quieta en la mañana hecha de transparencia entrecruzada, se alza hasta la visión de la nada que somos, y que es todo. Y la visión del hombre se llega a transformar en la experiencia de esta nada que está en ninguna parte. Es una nube. Sólo años después sabría que su nombre, entre otros nombres justos que la llaman y el nombre conseguido de los nombres, es la nube clarísima del no saber, la nube interna del amor y la contemplación. Es una nube oscura y clara a un tiempo, hecha de cegadora oscuridad.
Por este tiempo comencé a sentir la sombra de esa nube ante mí, precediendo a menudo mis pasos, y seguirla fue a veces un acto de inocencia. Era sólo una sombra, y ya sentía su potestad, con todo. Aquella nube, aquella sombra del no saber era un saber.