La estrella

La estrella

Non dormía e cuydava Pedr’Eanes Solaz

Cruzó, fugaz, la estrella, y en la hierba dejó un rastro de luz. La casa blanca en medio de la noche supo sólo el latido, el fulgor entre los árboles.

Tú dormías. La grava silenciosa se llenaba de noche, la bebía en las negras aristas, en sus poros de oscuridad de piedra absorta, amada.

Grava fulmínea, ahora en silencio yerto junto a la casa a oscuras. Los aleros daban sombra de luna, fría, fresca sombra en las losas grises que miraba

desde el salón al mar, que se extendía como otra losa gris, iluminada. Salí a esa sombra, hasta las jardineras tocadas por el soplo de la noche,

el aliento invisible, aire desnudo de sí, de mí, sobre el geranio a punto de arder. -No vi el geranio en llamas fijo en la oscuridad, vi la inminencia

de una cerrada combustión, la acacia y su ceniza más allá del tiempo, el ramaje y el cuerpo, tu sonrisa entre la luz de enero y el reposo

del mar abajo, también él desnudo. La luna sobre el muro blanco teje sombras de ramas, y el helecho umbrío se ofrece grácil, habla con la sombra.

Fui por la hierba hasta las agitadas acacias, hasta el muro, y una calma llenaba el aire aun en la agitación y en la inquietud de los ramajes, clara

calma en la hierba, y contra el muro puse la mano en su quietud. Tocaba el mundo. Tocaba un orden, una calma, el aire entre el mar y la acacia, y recordaba

tal vez la luz y su destino oscuro. Entré. Volví a mirar la hierba, el cielo, la casa silenciosa. Allí tu cuerpo brilló en la oscuridad. y vi la estrella.

De “Palmas sobre la losa fría” 1989