Las primeras lluvias

Las primeras lluvias

La tierra de que hablo, hacia noviembre, conoce el viento. Llega, desde el este, hasta los arenales como un ave sedienta, soplas las aguas negras. Esta noche removió los postigos mal calzados y agitó la palmera. En los cristales chillaba como un pájaro perdido.

Dibujará en la grava algún signo remoto, y veré casi al alba las huellas del fragor sobre los restos del volcán, el naufragio nocturno. Será un signo de nuestra vida, un eco, ya inerte, de la tromba del cielo, que ignoramos, querré leer en él, y será como unir, nuevamente, las hojas resecas para un fuego.

¿Qué nos aguarda, puro, en el estruendo, en el pico del ave enhebrando los mundos de cuanto conocemos e ignoramos? Seguimos recogiendo las hojas, y veremos en la rama quebrada una imagen posible del estertor del cielo, anoche, entre las nubes aún grises a esta hora temblorosa.

Nada, ni tan siquiera el viento que rompía, de madrugada, contra los postigos, contra la grava, oscuro contra oscuro remoto, podrá decir el signo, en la ignorancia. Saber de un no saber, ni siquiera el sentido de la ignorancia, ahora que las gotas resbalan sobre el cristal, sobre la transparencia.

De “Fuego blanco” 1992