Para Manuel Borrás
Apartado de todo, vuelto a mí en silencio egoísta, en soledad de campos y de encinas y callejas que el otoño volvió más taciturnas; asilado a esta sombra y sin más patria que una vieja edición de tus poemas; sentado en berroqueña piedra gris y leyendo tus versos, oigo cómo de pronto un ruiseñor se eleva y canta. Todo lo dejo entonces, mi lectura, mis leves pensamientos, mi silencio. Todo por escucharle. Es él, él mismo. El dulce ruiseñor que tú supiste distinguir entre todas las demás criaturas, por ser no melodioso, que lo era, sino por ser el tuyo, el a ti destinado desde siempre, desde el día en que Dios de mansas fieras ocupó el Paraíso y dijo: «hágase también el ruiseñor, para que Keats, en la umbría Inglaterra, al escucharlo embelesado, alcance esta verdad: que el canto es sólo uno, siempre el mismo, y que la rama cambia y cambia el pájaro, mas no la melodía. Esta será de país a país siempre la misma, de un continente a otro y desde un siglo a otro siglo, la misma melodía, igual que en el estanque van las ondas cuando alguien en él escribió un nombre». Pues bien. Conmigo está, frente a este Gredos, el ruiseñor menudo de tus versos, frente a ese abstracto Gredos, calmo y duro y hecho de pura abstracta lejanía. y están también los prados y colinas por los que tú anduviste. Están comigo ahora, aquí. Y las viejas mansiones que el campo inglés conoce, venerables, cubiertas por la yedra, iluminadas con quinqués y bujías cuya luz llenaba las ventanas de dorada quietud e invitación al sueño, de modo que de lejos, si pasaba un viajero, se decía: «¡Quién pudiera estar allí, junto a esa lámpara, dentro de aquella casa, allí sentado en cómodo sillón leyendo un libro o bebiendo los vinos de Madeira y escuchando un piano, o ni siquiera, sólo como esa sombra que es el tiempo! ¡Sólo como la sombra de aquel hombre que se asoma al balcón para mirarme! ¡Quién pudiera quedarse en esa casa y no tener, cerrada ya la noche, que andar por estos fúnebres caminos y exponerse a morir en soledades que harían de la muerte algo aún más triste»… Eso diría el viajero errante, eso mismo diría al contemplar la vieja casa solitaria y grande. Y luego seguiría su camino sin dejar de mirar de vez en cuando atrás, hasta perder aquella luz, aquel temblor de oro entre las ramas oscuras de los tejos, sin haber siquiera sospechado que eras tú, John Keats, la sombra.
Y que le viste llegar por el camino, y que dijiste: «Al Sur marcha ese hombre. ¡Quién pudiera con él perderse lejos! Ahora mismo. Sin equipaje alguno. ¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza languidecer aquí llevando una vida que ni siquiera de infeliz puedo calificarla! Mira, parte de nuevo, se va. Empieza ya la luna a vadear el río. ¡Cuánto debe compadecer mis años!»…
Y que luego, para apagar la sed de tu acedía, tomaste una vez más un papel nuevo sin dejar de pensar en aquel hombre que viste peregrino. Quizás ese fue el día en que escribiste aquel poema que empieza así: «Feliz es Inglaterra…” ¿Quién podría saberlo? Ahora otra vez lo leo en este viejo libro tuyo, y al leer me parece que tu otoño es este otoño mío y que también es mío el ruiseñor que ya ha callado, y me confundo y creo que aquellos claros ríos entre hayales son nuestro pedregal, cuna de víboras. Y así, miro estos bíblicos olivos y alcornoques ascéticos, la tierra de la que brotan zarzas sólo, ortigas, pestilente cenizo o amargas hierbas, y ebrio de gratitud, no siento ya ni abrasador el sol ni amargo el aire ni severos los pardos y los negros, que son colores nuestros metafísicos, sino que cierro el libro y miro lejos, porque tus versos hacen que yo vea este lugar como lugar del alma, y vuelto a mí, comienzo a recorrer de nuevo este paisaje silencioso y a verlo de otro modo ya sentirlo y a desear también la dulce muerte, hermana zarza, hermanos alcornoques, ortigas, alimañas, sequedades.
De “Acaso una verdad” 1993