En toda victoria un dolor tiene su origen. El estío, cuando se abre el alto ventanuco, se desgarra sobre los chopos que clarean. La traza de aire fresco que entra entonces, levanta de la madera un fresco olor a lejía de suelos muy fregados. Y algo que fue sombra y vigilia en la pensión, cobra forma con la ligera luz del alba. En el vasar, sobre blanca labor de lienzo y almidón, unos cuantos jazmines, aún lozanos. Y quien lo ve, añora ese privilegiado amor que impulsa a quien obtuvo la prodigiosa flor, al abrigo de la fría Segovia. “Las tradiciones” 1982