En qué lejanos días te me muestras. Navío, almendra o armador de cielos, todo eso en un punto conseguías reunir, si levantabas el semblante.
La luna y su bastón probaban pasos nuevos, abiertos los balcones, sobre tus pómulos. Vara de nardos, cortos saludos que duraban la mañana.
Fría fuente de ciervos era el pulso de las hojas desde el jardín cayendo, un surtidor los ruidos en la grava.
Y en cada mano siempre una sonata que acortara la espera de la muerte. Tu sombra hará la eternidad más breve. “Las tradiciones” 1982