La penumbra vacía de esa pequeña sala guarda las campanadas de un reloj de pared. Como un juguete antiguo suena su mecanismo, la cuerda de hojalata entre nácares negros.
Poco a poco la tarde asoma encapotada a las vitrinas, triste. Las encuadernaciones con el oro cansado y las viejas granadas de los lomos ya crujen de carcoma y polilla.
Abiertos sobre la mesa, pesada como un barco, hay un montón de libros. Y estampas militares que al rozarlas el aire desprenden un perfume de caudaloso Sena, de cueva y humedades.
Éste es sitio tranquilo con algo galdosiano: mecedoras que suenan, candelabros, espejos con azogues leprosos y en el vitral pintado un jardín erudito de fuente con Cupido. Ya hace falta encender unas bombillas pobres para ver aquí dentro. Pega fuera la lluvia. Y cuando vuelve a oírse la hora en el reloj, por estas mismas sombras han pasado cien años.
“La vida fácil” 1985