Se ha caído al suelo el Mar. Difícil recogerlo, alzarlo, ayudarle. La masa espesa se mece y se deshace en espuma, en olas; se contrae y distiende, se agita y calma, se enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse. La espesa masa no descansa: moja, hunde, ahoga; su corrosivo hálito de salitre, esa onda salada y húmeda, está ahí siempre incansable, y el espumoso oleaje de gelatina, azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar. Y es difícil asirlo, levantarlo. Quizás sea preferible dejarlo donde está, hasta que pueda alzarse por sí solo. O hasta cuando lentamente se deseque por cansancio. O por aburrimiento.