Concededme, dioses, que escriba con la siniestra mano, pero no le concedáis destreza. Que ella sola se afane en enseñarme, que las líneas
que trace sean, como las rimas, tortuosas; que una letra pueda leerse, indiferentemente, como una alabanza, un vituperio a vuestros gestos inmortales de dioses o de diosas; que los versos inhábil- se entrecrucen
como vuestras miradas y silencios; y, así, tan lentamente
como vuestras auroras y ocasos, vaya sumando mundo esa torpe escritura: recobrando azul para el cielo (que no era luz), y el temblor de las aguas (del pozo de los pozos), y en todo, y lo demás, la sed perdida (en sus cauces nacientes); y cuando ya mis líneas quiera enderezarse -ya adiestrada mi torpe adrede mano-, volváis los ojos displicentes para que yo quiera deciros no sabré con qué mano.