El muro

El muro

El peregrino llega junto al muro, ya sin aliento, apoya el él las manos y la frente, buscando refrigerio:

mas pronto las aparta, que unas manos y una encendida frente lo sostienen del otro lado.

El viento se ha quedado quieto…

El viento se ha quedado quieto cabe las ramas, y me acecha con ojos encendidos. ¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No sabría adivinarlo. Y caen las hojas que consume la hoguera.

¿Son alas deshojadas, huesos, tristes restos de algún naufragio, trances sin nombre, tiempo derrumbado -o no son más que piedras? Detrás de ellas habrá un paisaje abierto o soledad tan sólo; habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas, un fragor de olas contra el casco vivo, o una muralla, por la que pasean centinelas y brumas y el mediodía se alzará lo mismo que una rama que crece.

O tal vez no.

Me paro junto a este pedregal: no me atrevo a dar un paso más hacia lo que me engaña revelándose.