El viento se ha quedado quieto...

El viento se ha quedado quieto…

El viento se ha quedado quieto cabe las ramas, y me acecha con ojos encendidos. ¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No sabría adivinarlo. Y caen las hojas que consume la hoguera.

¿Son alas deshojadas, huesos, tristes restos de algún naufragio, trances sin nombre, tiempo derrumbado -o no son más que piedras? Detrás de ellas habrá un paisaje abierto o soledad tan sólo; habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas, un fragor de olas contra el casco vivo, o una muralla, por la que pasean centinelas y brumas y el mediodía se alzará lo mismo que una rama que crece.

O tal vez no.

Me paro junto a este pedregal: no me atrevo a dar un paso más hacia lo que me engaña revelándose.

El tedio a veces es como el amor; mana de las cavernas del pecho, se dilata, atraviesa la estancia y los cristales y se difunde hasta perderse de vista. Y, barnizado con su color distinto, es más íntimo el mundo.

El tiempo se ha posado como un pájaro peregrino y cansado a la sombra que doy. Ave de alas abiertas y caídas ahora, la cabeza inclina, y abre el curvo pico, ya ciega a la luz que ahora no mueve rayos. Igual que un agua que se remansara cuando, al formar cascada, está cayendo, o como llama que de arder dejase al unirse a otra llama, o como aire que cesa de moverse a medio viento, así el tiempo, a mitad de sí mismo, pretende que yo aprenda a eternizarme -y que me pare un punto a la sombra que da bajo mi sombra.