En una cueva de un monte lejano me refugié. Y era de día y cantaba el agua en el agua y el aire soñaba en el aire.
Me refugié para no huirme y no encontrarme. Era de noche y el monte aquel era de luz.
Nunca supe de procesiones como aquéllas: vestían clámides transparentes, sin fibras, iban mirándome al pasar.
Lo que no tiene fin no se posee ni nos posee: las miradas, suyas y mías, eran formas de otra forma de amor.
No hay dioses muertos si son dioses, ni aquella cueva, ni aquel monte, ni aquella luz, ni clámides sin fimbrias, pues abrí los ojos, y hasta el pecho surgió el río del río.