Los ojos de la corza

Los ojos de la corza

Viajo desde los ojos de la corza a su interior. Un mundo de cristales ternísimos y velos ligerísimos acoge al primer paso de mis ojos. Avanzo sin temor; sobrecogido, no obstante, por lo fácil del camino que, de ojos adelante, ya discurre por pasadizos y pasillos suaves al tacto de los pies que me imagino, y porque a su través se transparentan leves arquitecturas sinuosas, edificios de flor carnal y ramas que, aunque no mueve el viento, se cimbrean al borde de arroyuelos escarlatas, y suaves y pulidas piedras puestas en orden de descanso y sobresalto. Lejos quedan los ojos de la corza en tan corto trayecto transcendidos y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada -ya huésped familiar de lo aludido-, no encuentro su salida luminosa y me pierdo en un prado de mil prados, hechos de tiempos idos y presentes, vigilados por vuelos agresivos y por olfatos que el marfil afilan. Sigo los vericuetos de la corza, que se han hecho mi propio laberinto, y hallo en su centro de lucientes ojos los suyos y los míos junto a un pozo del que desborda el agua suya y mía.