Ofrendas
En cada mano, el mundo deja aquello que no tiene su medida: lo que pesa demás, lo que es ardiente en exceso -pues nadie que tenga un alma puede impasible aguardar como la estrella.
No es que no tenga luz, pero sus rayos deben llegar a donde no ilumina el fuego general -al subterráneo de cada vida, al breve paraíso que brota de su sed como un relámpago.