Aquella noche te llamabas Ula y huías ululando por la nieve. Aquella noche escandinava en que las alas de la nieve entraban por debajo de la puerta y, ateridas, se desplumaban -yo te veía figurarte en Ula, estremecida por el fuego, e internarte en el bosque en connivencia con lo oscuro.
Es verdad que no traspasaste la puerta de la casa -pero ésa eras la otra- mientras, melena al viento, Ula, con pies alados, asustaba a la noche.
¿Cómo lograste, cómo hubiste que aquélla fueras, que la nieve te cambiase aquel nombre -y que tus pies dejaran huellas legibles: y dejases a tu conmigo amando de mentidor testigo?
Y entonces me mirabas: cuando ibas alzándote ululante -delicada Eloísa de la nieve- mientras yo el albedrío te entregaba de mano de mi lengua.