El amor junto al mar

El amor junto al mar

En mi silencio azul lleno de barcos sólo tu rostro vive. En el mar de la tarde el día duerme. Eres más bella cuando estoy más triste.

Tiembla mi amor como una voz antigua sobre la calma verde. El sol cantando como los pastores te dio su melodía hasta la muerte.

¡Oh tus cabellos en la tarde de ámbar! Cerca de tu pureza soy más blanco. Sé que jamás tu corazón sencillo latirá en la tristeza de mis manos.

Eres más bella cuando estoy más triste. En mi desgracia largamente vivo. Soy en el desamor tan desolado como los continentes sumergidos.

Tu áurea cabeza brilla en la tarde sutil soledosa. ¡Pobre mi corazón que está llorando y hasta su Dios se va como una ola!

Más allá de la vida, triste como una selva abandonada, miro irse las horas en las lunas, los pájaros y el agua.

Tu corazón sonríe sin mirar mi fatiga. ¿Te arrancaron los ojos en qué calle siniestra de la vida?

Yo me iba al futuro con los brazos abiertos en la luz, como se van las almas de los muertos… ¡Voy al futuro caminando aún…l

Como a un infante solo te llevé de la mano por mis sendas dormidas en un claro perfume de alicanto.

En haces de centellas fulgió mi corazón. ¡No lo miraste! Más allá de la vida está llorando como un niño en el seno de su madre.

Somos la remembranza de la tierra vencida. Necesitaba Dios nuestro vaivén profundo que era ritmo en sus venas y en su carne florida la invencible y eterna melodía del mundo.

Nuestro vigor es fuerza de estrellas y raíces. Los árboles nos dieron sus moribundos bríos. Soñamos en las claras y enormes cicatrices que abrían las soberbias quillas de los navíos.

Como un collar perdido de piedras fabulosas las estrellas nos hieren en nuestro sueño esquivo. Somos la sangre turbia de las difuntas cosas; el grito gutural del hombre primitivo.

En nuestra rebelión de temblores y nervios el eco de la tierra que se murió podrida. ¡Oh, mástiles sonoros; oh, navíos soberbios llevados por los vientos primeros de la vida!

¡Qué nuevos argonautas verán el vellocino! En un dolor horrendo tiemblan nuestros ciclones queriendo revivir el difunto destino que fue sangriento y hosco como un tropel de leones.

Sabemos dónde estaban las estrellas, sus rastros quedaron en nosotros. Con dulzura de abuelo iremos sobre el agua colocando los astros que desprendió Jesús con su mano del cielo.

Seremos un vigor enorme y tenebroso. En nuestras olas vibran inmortales tormentas, la voz del Cristo rueda semejando un sollozo lanzado de la cruz hacia los Cuatro vientos.