Abeja de mi tarde y de mi muerte, anticipo del sol, bien de mis ojos, deja que en tu cruz grabe mi día como en la gloria de un bajo relieve. Ancha de mirra, música de arcángel en toda latitud tu cuerpo vive, como la rueda leve de este mundo que de los cielos a los mares gira. Tú llevas el rocío en las pestañas y en los cabellos el matiz dorado de un caracol que se quedó dormido. Todo esto es el amor entre retoños, entre resinas, olas y relámpagos. Este es el amor que se desprende como un lento cometa de tus hombros Éste es el mundo para tu garganta, erguido ventanal de las palomas. Ésta es la noche de fulgor de esencia en donde el mar detiene su caballo. Eres la dueña de las golondrinas, del azahar que atrae al moribundo. Tú tienes el vestido de la tierra, verde y dorado con encajes de agua. Si te mueves de súbito, el rocío moja la tarde porque estás colmada. Si levantas los brazos inauguras una grave y doliente geometría. Dueña del gnomo que embrujó la selva donde duerme y suspira la avellana. Para tu hechizo lloran los pastores en los oteros de marfil y de ámbar. En ti doblega el día su corola y tú la meces en tus pulsos finos. Y si viene la noche con los ojos cerrados te adelantas a la muerte. Entre el cielo y la tierra, detenido está el amor con túnica de mirra…