Con once heridas mortales...

Con once heridas mortales…

…

Con once heridas mortales, hecha pedazos la espada, el caballero sin aliento y perdida la batalla, manchado de sangre y polvo, en noche oscura y nublada, en Ontígola vencido y deshecha mi esperanza, casi en brazos de la muerte el laso potro aguijaba sobre cadáveres yertos y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda que el Cielo me depara, entre sustos y congojas llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena, de mi desastre apiadada, me ofreció su hogar, su lecho y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas, y con manos delicadas me limpió el polvo y la sangre que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas, y mayores me las daba; curábame el cuerpo, me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir el fuego en que me abrazaba, díjele; “Hermosa Filena, basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos que las polonesas lanzas: ellas hirieron mi cuerpo y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento en las sangrientas batallas, y contra el rapaz Cupido el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena; déjala, que más me agrabas; deja la cura del cuerpo, atiende a curarme el alma”.