Cuál suele en la floresta deliciosa...

Cuál suele en la floresta deliciosa…

Cuál suele en la floresta deliciosa tras la cándida rosa y azucena, y entre la verde grana y la verbena esconderse la sierpe ponzoñosa;

así en los labios de mi ninfa hermosa, y en los encantos de mi faz serena amor se esconde con la aljaba llena, más que de fechas, de crueldad penosa.

Contemplando del prado la frescura párase el caminante, y siente luego de la sierpe la negra mordedura:

yo contemplé a mi ninfa, y loco y ciego quedé al ver de su rostro la hermosura, y sentí del amor el vivo fuego.

La niña descoloría

Pálida está de amores mi dulce niña: ¡nunca vuelven las rosas a sus mejillas!

Nunca de amapolas o adelfas ceñida mostró Citerea su frente divina. Téjenle guirnaldas de jazmín a sus ninfas, y tiernas violas Cupido le brinda.

Pálida está de amores mi dulce niña: ¡nunca vuelven las rosas a sus mejillas!

El sol en su ocaso presagia desdichas con rojos celajes la faz encendida. El alba en oriente más plácida brilla; de cándido nácar los cielos matiza.

Pálida está de amores mi dulce niña: ¡nunca vuelven las rosas a sus mejillas!

¡Qué linda se muestra si a dulces caricias afable responde con blanda sonrisa! Pero muy más bellas al amor convida si de amor se duele, si de amor respira.

Pálida está de amores mi dulce niña: ¡nunca vuelven las rosas a sus mejillas!

Sus lánguidos ojos el brillo amortiguan; retiemblan sus brazos: su seno palpita; ni escucha, ni habla, ni ve, ni respira; y busca en sus labios el alma y la vida…

Pálida está de amores mi dulce niña: ¡nunca vuelven las rosas a sus mejillas!