Eres un atlas...

Eres un atlas…

Eres un atlas. Van las cordilleras sobre ti, mi Janine. Aguzanieves cruzan tus pechos de pavor, de breves brasas donde se encienden las hogueras.

Te cruza el rubio Sena. Torrenteras nacen de ti, regatos de tus nieves; aguas redondas, olas como leves andarríos volando tus riberas.

Tu cuerpo un archipiélago. Tus manos el duro mar, los mares océanos camino de unas islas escondidas.

Y tus brazos las costas, litorales. Playas donde los besos veniales aprenden a nadar sin salvavidas.

Es elocuente cuanto no te diga…

Es elocuente cuanto no te diga, pues ninguna palabra clarifica . como el silencio. Decirte adiós es esta copa larga con un sabor a nunca. Sin embargo, perdido entre el alcohol, hay en su fondo un verso. Ese es el tuyo. Bébelo no despacio, pero no tampoco con la aceleración de quien se marcha y envenena el cristal. Deja que el vaso pueda hablar en tu boca. Y, aunque al fin vacío, mantenga su temblor. Ya que quien ama para siempre lo hace.

Hueles como el verano…

Hueles como el verano. Desde el calor, lentísimas, se me ofrecen las jaras y, en tus hombros, lo flexible del mimbre y el lentisco. Tienes, debajo de tus brazos, un herbazal tranquilo, olor a prado en celo y a retama de un monte. Parece que vinieras de una casa sin nadie con un carro de heno que asustara en los labios. Estás como entregando una mensajería de un lugar inconcreto que no sabe su nombre. Tu oficio más propenso es hablarle a los tréboles y hacer que en cada mano se haga grande un arroyo. Abrazarte es lo mismo que ir oliendo una fábrica donde el polen hubiese trabajado descalzo. A través de tu boca se ha asomado una espiga y hay un poco de mosto que va abriéndose paso. No existe sitio tuyo que no ordene mirar su procesión, más infidelidades a las cosas restantes que arde al sol tu azotea. Hueles a la corteza del pinsapo y del álamo. Desde ti suena el mundo como el aire en las cañas o el zorzal. Se despeñan los párpados a verte y, al rodar, te visitan regiones augurales que enloquecen en misa con su fiesta de pronto. No es posible explicarte sino deletreándote o enviando a la escuela la emoción de uniforme, con zapatos de párvulo y un gran lazo en el cuello. Amarte es despedirse abrazándote a un campo que huele a regadíos y a un vellón trashumante que hubiese ido de compras a una tienda de flores. Exhalan tus dos pechos una jardinería que asciende de las sábanas con que heredas la nieve. Y está tu olor tendido, dentro de la hermosura, con una piel tan blanca que te beso esquiando.

La mancha de carmín

Por ser tu boca tanta, tan segura, y abril tan loco y poco recatado, yo llegué hasta tu labio desbocado en busca de tu boca y su aventura.

Y te probé la miel, y su dulzura dejó mi labio rojo tan manchado, que mi pañuelo luce hoy un bordado envidia de la aguja y la costura.

Por ser tu boca tanta y tan esquiva, se bordó tu inicial en mi pañuelo con “B” de beso y letras en cursiva.

Y ahora es como un pájaro. Su vuelo lleva una mancha roja en carne viva subiendo hacia los aires, hacia el cielo.

La selva

A Gumersindo y Carmen Galán

Justo donde la casa, el hormigón que gira levantándose, las piedras y el ladrillo obediente, estuvo, no hace mucho, la selva. En otro tiempo Nada recuerda ahora la feria del vivir .Las hierbas altas de antaño. Tanto trébol. Los niños que corrían descubriendo la flor. La bella historia del nido. Aquellos árboles.

Alguien sembró su rayo, la fiereza exultante que el dorso es de la savia. El hierro se erige en el lugar. Los albañiles elevan la argamasa. Inician torres de cemento durísimo. El escombro se posesiona del verdor. Asfixia con su polvo los animales libres de la tierra que, un día no lejano, procrearan su estirpe. Ahora es el triunfo del bodegón sobre la gracia viva del vegetal. Todo engaña, recuérdalo. Es efímero. Tanto espejo que finge sus plurales azogues. En el lavabo cruzan cigüeñas, estorninos gigantes, con un cesto de frutas en la voz. Corren grifos. Hermosas cataratas y cisternas. Fúnebres melodías en el agua que brota. Aquí yacen, podridos, el mundo liliput de los insectos, las hormigas menores. Tantos seres de estatura inferior, hoy calcinados bajo el jardín. Detrás de los visillos se iluminan estancias, otras flores ingenuas que están como enterradas en el cuadro. Sin aire y sin perfume. Cadáveres que el óleo representó.

Todo es así. Recuérdalo: figuras que se borran. Espejismos. Adobes. No. No hay nada que nos duela si no es la carne misma la que sufre. Alguien desconocido, cada tarde, se entrena pensando cómo herir. Nació, a nuestro pesar , la arquitectura donde el ramaje puso su hermoso pie silvestre. Trazó las alambradas de la verja, los bancos del zaguán. Toda esta flora que suplantó lo vivo de aquello que aquí fue. Nada recuerda ahora la bella floración, los minaretes pulcros del enebro. La lluvia de los tímidos sauces. Ahora, qué hacer, son ya los signos de la grandeza. El tiempo, cada río, lleva su historia al mar. Todo fenece, cambia como un rostro. Se viste ahora la selva con la tibia casulla que decora y maltrata la presunción. Abdican de su trono las ramas. Los gorriones se aman en la acera. Se persiguen el vuelo sin encontrar más sol que las cenizas de la luz.

Justo el lugar. Aquí, donde la casa ésta que, sin deber, pienso es hermosa. Donde amanecen vidrios y mosaicos, la herramienta que brilla, estuvo el polen. Recuérdalo. ¿no era como subir a una montaña? El ojo iba trazando su ascensión. Crecía el fresno su abundancia, su violenta conquista. Y el roble alzaba intacto su tronco, lo que el pájaro pudo traer desde la sierra. El pico ya salobre de azul que era mar .Tallos de nieve. Olvido y herbazales. Nuevo aroma que hoy grita en pebeteros de cristal. Otros sándalos. Maderas donde el disco del sol decanta el turbio oro.

Hoy, ya fauna distinta, el hombre mira con dolor el paisaje que vio feliz. Oye llover como trinar. Costumbre ya del duelo. Que todo es un museo, preparado con sed de lastimar. Pero nosotros resistiremos. Haremos la pupila un viejo arcón de plata. Y siempre será selva nuestra memoria.

De “A flor de piel”

Las señales, himno para empezar la primavera

A Emilia Y Ángel Manuel Yago.

Todo es hermoso ahora. Vive el alma esta noche la paz. Desconocida eras, y ya eres parte de mí. Vuelves como si nada, nadie, separase. Regresas. Siento cánticos contigo, reconociéndote. Los ojos, si los abro, cierran la flor del día, los fugaces puntos de luz. El aire quema al aíre. Arde una hoguera. Sombras.

No. Ninguna comparable. Caricia irrepetida. Laurel de las dos sienes. Verso a verso desentrañada aquí. Página en blanco donde está el sacrificio del poeta.

La tierra es una parte diminuta del corazón Quisiera bendecirte hoy que el odio se cambia. Es alegría de mil colores.

Hablo, sin embargo. Escribo, sin querer, lo que el silencio comunicara. Ven. Hay que decirnos, para entendernos, algo. Ven. Yo soy. Recuérdame. Yo soy. Tiempo de magia. Soles ardientes. Júbilo sonoro. Voces profundas. Voces.

No es posible sea el eco, no es posible. La montaña desplazóse del sitio -¡Oh fe que mueve la roca contra el pájaro del cielo!-, halló lugares vírgenes. Lugares sin tu amor.

-Verdad que ha de salvarme No otra casa que ella. No agua turbia. La verdad. Los arroyos-. Siento cánticos de ángeles que cruzan con la espiga más pura sobre el halda.

Oh si, la tierra es una parte del corazón que ahoga y nos sepulta. Apenas nace el día cuando, después, ha muerto. ¿Dónde huellas, el rayo de la luz? Sombras atroces vienen. Oigamos, limpios, el milagro del nacimiento. Oigamos. Escuchemos este batir de alas.

Sálvame. Puedes salvarme. Sálvame. Salva, hermosea la fragancia perdida, alumbramiento de la verdad. Tenemos que salvarnos llegando a ti. Sonando las trompetas. Los muros derribados. El concierto de las palmas azules. Aguas claras.

Quisiera bendecirte. Proyectarme al regazo materno. A la inocencia de la creación. Subirme a los torrentes. Al árbol de la sed. Romper cadenas enemigas. Ser tuyo.

Ser ya tuyo como un himno en la sangre. Como un río que desemboca, y nace, en pleno mar.

De “Tierra de nadie”

Llueve Janine….

Llueve Janine. La azul cristalería del agua se estremece en el tejado. En la calle, el invierno. Aquí, a tu lado, calienta el sol, la carne se confía.

Fuera, llueve. La triste melodía de la lluvia de enero te ha llenado de una música nueva. Se ha dorado contigo el pastizal de la alegría.

El reloj de la torre da las nueve. Traza una curva azul el agua. Llueve sobre el tambor de piedra de la acera.

Dentro, contigo, el corazón se sabe reconfortado y puro. Sol suave. Gozoso mayo, mientras llueve fuera.

Lo malo es que se olvida….

Lo malo es que se olvida y un puñado de tiempo se nos marcha hacia la nada. Lo peor del olvido es el que en cada cosa que fue vivimos de prestado.

¿Alguna vez leeremos del pasado su página feliz como borrada? ¿Nuestra memoria ya desmemoriada, sólo andará sobre lo desandado?

Lo peor del olvido es lo que olvida. Que tanto ayer, eterno y de por vida, se marche por la calle en que ha venido.

Porque será… Más tarde o más temprano se nos irá el recuerdo de la mano a deshacer su rostro en el olvido.

Mirarme hoy es ponerse más triste que una calle…

Poema escrito el 24 de Noviembre de 1978, durante la estadía del poeta en el hospital, aquejado de una grave enfermedad de la que luego saliera airoso.

Mirarme hoy es ponerse más triste que una calle a la que el viento hubiese dejado sin visillos. Es ser como una alcoba sin camas habitables, como un tejado roto que asustara los nidos.

Me miras y te afliges y quieres acercarle la memoria a mis ojos de nuestro tiempo vivo. Hoy tengo la esperanza color de algunos árboles, de aquellos que en otoño se mueren de amarillo.

No sé dónde ponerme los huesos en la carne, cómo esconderle al pecho su largo pasadizo. Mirarme hoy es ponerse más triste que una clase sin tiza y sin pupitres, donde no hubiese niños.

Confieso que te quiero más que nunca esta tarde, hoy que tiemblas de miedo junto a mi maleficio. Tus ojos se me entregan como el rostro de un parque donde, nuevos, los sauces emigraran de sitio.

Me miras y sostienes un pájaro en el aire, el cielo respirable que me ha sido prohibido. Tus manos me consuelan con su fruta abundante, van sanándome dentro más despacio que un siglo.

Miras como ofreciendo tus ojos inyectables, tus ojos enfermeros frescos como un racimo. Mirarme hoy es ponerse más triste que un paisaje donde nunca las ramas despertaran de mirlos.

Y yo, porque te amo, me oculto en este traje de sábanas que lavan su muerte los domingos. Me asomo a tus dos ojos como a dos ventanales. Confieso que te quiero como nadie te quiso.

Porque tú, que me miras, ya no encuentras a nadie. Nadie que me conozca puede decir que existo. Acuden a mis ojos tus ojos a llorarme. Llegas a despedirte. Te has mentido, amor mío.

Música de saxo para dejar entre las flores de Bowling Green

Recuerdo a Miss Gilmore, preludio de la nieve, ébano solitario, violeta lastimada, con un pájaro loco bullendo entre las manos y en las tersas caderas un surtidor de agua.

Recuerdo sus cabellos, sus ojos infinitos con un rumor de lumbres y selvas africanas, y una cinta de flores llenándole los labios de una fiel primavera de besos y de magias.

Parece que está cerca, que estoy tocando el fuego, su cintura pequeña envidia de las palmas, o los negros alcores de su cuerpo perdido lleno de luces tibias y luces de Manhattan.

Viajero de los mares, un jazz de golondrinas me acercó el imposible perfil de las acacias. Siento sus manos, oigo como una lluvia triste, como un gorrión herido temblando en mis espaldas.

Fue una vez -¿hace siglos?-, cuando el aire venía indagando el secreto del polen de las blancas. Antes de ser recuerdo su boca de azabache, sus labios combatidos, magnolia inexpungada.

Y hoy perdida en el Este, subiendo rascacielos, llevando soles altos al nido de la escarcha, Miss Gilmore imposible, postal de un sueño apenas. Perdida de mi cielo, turista de galaxias.

Niño hermoso, qué tienes en las manos…

Niño hermoso, qué tienes en las manos. Que rico presente, voz silbante de junco, das.

Mi puma más inocente, arroyo de arrogancia, divino bien.

A qué callar. Te amo. Dispones de la llave del corazón. En esta tarde roja que hierve cuando miras. Si muerdes la gran manzana en flor que va cantando bajo tu bozo. Mientras músicas arden en cada sílaba precoz. Como gacelas nerviosas, ya atraídas al bosque de tu labio virginal.

Niño hermoso que fuiste, excelso pájaro, un trino en el jardín. Ramo de mirto. Brazo de luna entre lo oscuro.

Quién, mirado, enamora como tú. Qué así vive sobre el alma, conforma esferas de ilusión, deja su nombre en sábanas de hierba, pulsa la miel.

Oh, hijo mío, regato de mis fuentes. Seguro yo. Gran copia. Caricia de mi espejo.

Te amo, oh, sí, te amo. No llegue rubor a mis mejillas al confesar que tuve tu cáliz, tu amapola finísima. El murmullo de tu lengua de mar entre la playa. El mismo yo naciendo. La gloria difícil de tus años, tu carne atroz.

Bien mío, recuerdo sólo, hoy humo flotando en la ciudad. Qué trajo aquí tu estatua de doncel.

Oh, criatura color de pan. Milagro de piel espesa y grata. Caballo torpe. Mozo mollar. Tigre feliz. Arte menor. Hermoso joven. Luz en la niebla de la memoria.

Y beso, vez repetida, aquella superficie. El vaso de licor. -Ah memento, así arañado-. Rama que fui. Narciso mío, reflejado en el lago de la niñez y el Sur. Libro mortal de ejemplos.

No es esa boca. Otra boca. Otros lugares…

No es esa boca. Otra boca. Otros lugares fueran del beso trampolín, batalla. No es esa buril que besa y que te talla la carne con vestigios circulares.

Sitio no de la tierra. Militares defensas, torreones de muralla. Rocas contra el impulso de la playa. Freno pon a las olas de los mares.

Prohibido el paso. Se termine. Cese la gracia de tu polen. Nadie bese sino el aire de tu boca. Nadie dueño

del pozo de Jacob. Labios cerrados a canto y cal. Oh, pobres maltratados. Oh, labios niños, a mitad del sueño.

No lo podrás creer, pero los días…

No lo podrás creer, pero los días -hondón de soledad, arte cisoria- se me pasan llorando en la memoria y contemplando tus fotografías.

No saber nunca que me morirías, lejana luz, herida transitoria, y otra vez regresara a aquella historia y a desbesar tus manos de las mías.

Y a mendigarte lo que amé: tus ojos -oceánicos pájaros, ficciones donde el cóndor y el vuelo ultramarino-

y el predio dulce de tus labios rojos -ay, muro eterno de lamentaciones- y el mar de nieve de tu cuerpo andino.

Ola feliz

Suena este mar, tu corazón, bajo la piel. Bello el reloj, se mueve . Anda del seno tu lugar. Potro en la nieve, se hace nuca su belfo. Come de la bandeja blanca de las sienes. Muere de delgadez. Y es ave, relámpago concéntrico con peces hechos música, luz, bolsa obediente del diapasón. Feliz más que una playa, acude al vientre, Edifica del agua la esbeltez. Allí te crece como un inmenso pájaro. Y distiende alas de olor sobre el cantil, te bebe la piedra transparente del cuerpo. Después, yedra invisible, baja hasta el pie. Jinete, torre en el cuero juvenil, tambor de lo turgente, cede su forma a la presión. Sonoro resplandece. Te late en las paredes de la carne que beso. Se convierte en ruido de unos bosques, en rostros de violines que pulsan de ese alegre sitio del sol. Y así la noche emerge solícita. A tus manos, que hablan en la sombra su celeste palabra. Su situación de fiebre y de jardín. Su fuerte voz. Y así mientras conoce, la boca vibra, enciende su tacto. Llega al hombro con presencia de río, pone caricia y redes a la virtud. Transita entre los sauces y el aire adolescente que amo, fruto interior silvestre. Cuerpo tuyo que canta. Y aventa de mis dedos respiración de mieses.

Palabras al oído de quien no pudo oírte

Cuando nos veamos ¿nos conoceremos? ¿Seré el mismo por fuera, tú la misma por dentro?

Cuando nos veamos –si alguna vez nos vemos–, ¿seremos los que somos los que fuimos seremos?

Cuando nos veamos, cansados ya de vernos, seremos estos mismos que han dejado de serlo?

Palabras para colgar de una ventana rota

Este balcón da al mar. Toco la espuma viajera, inagotable, de la orilla. Sobre el balcón, volcado en La Castilla, mis ojos dan al mar. Lejos, la espuma dibuja un horizonte que navega mi corazón. Conozco cada grano de esa arena, su nombre, su verano, su apellido. Y el agua se me entrega joven y dulce en la mañana. Y canta su septiembre de sol. En los cristales crece la flor de luz de los corales, ruge lo azul de la escolar garganta del día. Y aquel año, aquel desvelo que antaño fui, se asoma. Y ve y en Rota esta ventana es mar, y gaviota que le devuelve lo mejor del cielo.

Pensamiento en septiembre para ti

Tú eres un vino, amor, dulce y espeso que en cepa viva bebo enamorado. Tú eres mi vino, mosto soleado siempre recién pisado, siempre ileso.

Tú eres un vino, amor, que deja peso, poso en el alma herida sin cuidado. Tú mi oloroso o fino, amontillado en el lagar azul de nuestro beso.

Borracho yo de ti, de tan beberte, de tan sentirte en mí, de tan tenerte midiéndome la sangre como un vino.

Vino del sur, jerez de mi bodega. Y aquí mi corazón, juega que juega, adivinando rectas al camino.

Perversificacione

16

Cuando llegaste al ascensor se puso color de tu cabello el aire todo. Todo era rubio como tú y bellísimo. Tus piernas paseaban en los ojos de cuantos iban ascendiendo al cielo y a la planta tercera. Y yo, que estaba tras ti, tan indefenso, contemplando la luz de tus caderas no usuales, cuando apoyaste sobre mí tu cuerpo y vino a regalarme un dios y a verme, sentí que el pantalón se entusiasmaba y que, dentro de él, nuevo el verano, iba a buscarte el sol que le ofrecías, muriéndose de pie, bajo el vestido.

17

De todo cuanto estuvo en el espejo -góndola bella que al amor rendía y que yo deseé como otros muchos que te gozaron- no te queda sino memoria que se fue. Mas no te duelas en esta circunstancia no punible de perder mi apetito ni el de aquellos. Puedes, lasciva, mejorarlo sólo con ofertar mullida la demanda que fue famosa desde tantas voces. Y así ofrecerle -toda guía es ciega- y un poco más de tu redondo asilo a quien te compre su placer al peso.

18

Te falta indecisión, miedo y un poco de sabor a mujer, pues eres joven y, aun sabiendo la mucha miel oculta que en poca edad para el amor se ofrece, yo, que a lo hermoso no rehusé hasta ahora, lamento confesar, ante tu oferta de hojaldre quebradizo y pan caliente, no haber cumplido esos sesenta años en que se aprende a agradecer un postre.

19

Ya nunca pensaré, cuando esté libre de lo imposible de este amor, que tienes los ojos parecidos a las aves y un sexo en el que yo me quedaría a pasar este invierno. Pondré un hilo de seda al corazón por no olvidarme que tengo que olvidar. Y hacer posible lo que sé no es posible. Porque eres lo más bello, en el otro, de este mundo.

20

De todas las que amé, tú eres la única que, lo que nadie supo hacer, lo supo. e hiciste bien. Pues luego de marcharte de mí, que te adoré, tan largo tiempo de andar pidiendo a innumerables otras repitan el camino que anduviste, ninguna alcanza a ti. De tal manera que, decidido como estoy a verte y tú dispuesta a no olvidar mi afecto, te ruego que ejercites con los otros tu inigualable perfección aquélla hasta que puedas, otra vez, matarme.

23

A ti, que ya has dejado de alegrarme como lo hicieras en aquel verano, te vengo a ver las tardes de este invierno huidizo hasta tu casa de la nieve. Porque ya no te quiero. Así que, cuando solícita me obligas a aceptarte y accedo a lo que pides por el frío, no pienses que es mi amor el que a ti acude.

26

Tardará más o menos, pero un día, sin que nos demos cuenta, habrás caído en redes del amor. Y, cuando quieras huir de lo que amas, no habrá mano que te libre de mí. Ni yo tampoco desasirme podré. Pues ese juego, que sólo procurara complacerme con la demanda de tu carne joven, convertido se habrá ya en lo que nadie deshacerlo podrá, ni tú no amándome.

28

Cuando nos fuimos a acostar, en ese momento confidente de quitarnos las ropas y de hablar de inanidades, me sorprendió que una mujer hermosa como eras tú, tuviese a media noche, tan corta luz con que alumbrar la escena. Cuenta me di que tu caligrafía no era lo grácil que pensé al cazarte y tu sintaxis resultaba oscura. Bien visto, qué más daba. Estabas buena como un durazno, tu caliente hogaza no era igual ni común -torpe y lentísima- y te gustaba compartir mi cuerpo…

Lo demás un exceso hubiera sido.

36

Has hecho bien en olvidarme. Hubiera apagado ese fuego aquella noche sólo dos veces más, y sólo a ratos, y tú pides el mar en cada instante. Así que has hecho bien. Mas compadezco a aquel que tendrá sitio ya en tu hoguera, pues no sabe el traidor qué incendio el tuyo cuando imagines que conmigo yaces.

37

Después de que te fueras, no poseo ni siquiera mis ojos. Y hoy querría tenerlos en tus pechos todavía y temblar, como entonces, de deseo.

Ya inútiles sin ti desde aquel día en que, desnuda, me dejaras ciego, por saber no habría nunca ya otro luego, los di a tu cuerpo. Y a tu lejanía.

38

De todos los lugares donde hicimos arder tu juventud, recuerdo como sitio nunca olvidable la bañera, a la cual me llevaste -yo tan limpio de cuerpo y corazón- con el sigilo de darme a conocer, líquido, el fuego.

Y, en verdad, conocí cuánta y distinta puede la lava ser en los volcanes. Fue tan perfecta la ocasión de amarnos igual que los delfines en el agua -ahogándonos a ratos y creciendo por encima del mar: muslos convictos, senos en desazón, piel en naufragio, la hirviente red en la que el pez moría-, que, desde entonces, casi medio año -limpio de corazón y no de cuerpo-, no me he vuelto a bañar por olvidarte.

39

Nadie tuvo la suerte que yo tuve la vez que te encontré. Pero ninguno tampoco desdichado como fuera yo aquella tarde junto a ti, preciosa. Pues te probé en sazón, como a las uvas dispuestas a romper entre los dedos su joven zumo tras la piel guardado. Y fui feliz y, al parecer, lo eras. Mas también desdichado, porque hoy busco por los mercados y las fruterías y nadie ofrecer puede otro racimo tan distinto al sabor como fue el tuyo.

40

Al desvestirte observo tu belleza lo mucho sobrepasa en varios dones, y es comprensible que, al censar tus bienes te acosen deseándote los ojos y quieran sostenerte tantos labios en mitad de la noche. No prudente, oh incitadora del incendio ajeno, será poner a prueba cuánto abarcas ni cuántos pueden resistir tu canto. Vigila que tu cuerpo tomó dueño y, aunque torpe su esmero ante tal tuyo, fiel has de ser a quien te desposara. Por eso, y comprendiendo cuán difícil rehuir la incitación que en ti prodigas incluso para aquél que es tu marido, por esta vez perdonaré tu engaño.

Con él acepto sólo me traiciones.

42

Sé que preguntas aún por mí, que quieres volver conmigo y recobrar el tiempo perdido con aquél que te encontrara. Si volviese a tu amor me perdería esta vez yo, y al caminar lo andado. Mucho es el riesgo de adorarte, diosa. Pues no quisiera malversar de nuevo mi prestigio de adúltero con alguien que pudiera esta vez abandonarme quién sabe si quizás por su marido.

49

Ella no es joven. Mas las dos estáis por dentro y fuera, hechas de la misma materia y proporción, cuerpo con algas donde olvidarse, pues tenéis el mismo espacio de la flor en que oler mucho por cuantas veces cada tiempo exija.

Conoces bien que, de las dos, tú eres quien puede más. Que nadie pone en hora el reloj de mi amor como tú haces al llegar el verano. Pero el año tiene doce meses que son distancia grande. Y si ella cerca cuando tú lejana, ¿que puedo hacer sino sufrir paciente su mucha caridad con tu marido?

50

Te he sido infiel innumerables veces. Mas, si ello te consuela, de esas muchas, sólo dos repetirlas merecieron. Las otras fueron del montón e ingratas y no procede ni lamento ahora.

51

Si los ojos dejaran sus señales en aquello miran, no pudieras moverte ni ya andar. Porque tendrías heridas y arañazos en las piernas, cicatrices de amor, rastros de hambre, mordiscos de jaguar bajo tus medias.

52

Cuando es la noche y, en mi cama, a solas, pasan los trigos con tu piel, tus pechos del tamaño del agua, las cerezas maduras que comí o el cuerpo tuyo que ha nacido perfecto; cuando todo huele a la noche que tu flor me abriera, no tengo otro consuelo que abrasarme, fingirme otra vez yo, darle a la mano lugar donde mentir lo que, allí sido, repite de tu amor lo que, ay, no eres.

56

Desde que no me esperas y el deseo se muere a media tarde sin la cita, alguien, que no eres tú y a ti parece, siempre a las horas en que te veía, pone al olvido -a tu recuerdo- un dardo.

Camina como tú y, a veces, utiliza, para mentirse a mi interés, del cuerpo que niega -ya oferente- su vendimia, como si tú le hubieses dicho tiene que ser cual tú para que me consiga.

58

Estoy pensando en serio que no vuelvo a subir, porque siempre haces lo mismo cuando me llevas a tu casa. Pides que intente ser feliz, mientras desnudas muy despacio mi cuerpo. Me colocas en una posición de estatua griega que distiende voraz su lozanía pidiendo en ti anidar su prisa tanta. Y en lugar de incitarme a que te ame, que es justo a lo venido, a las dos horas de hacerme mármol para ti, me dices no alcanzas a saber quién te recuerdo.

Perversificaciones 2

46

El frescor del otoño le ha tostado las hojas al recuerdo, de tal forma -detrás del mar huyó la primavera- que el frío, no el calor, cumplió el oficio que corresponde al desamor y al fuego.

48

-Jamás. -¿Ni un beso más? -Ni un verso más.

53

He olvidado tu cuerpo. De tus ojos nada queda que ver, sólo su nada. A ratos sólo, un resto de despojos, su tachadura ya desmemoriada.

Después, antes -no sé-, borré tu boca. De ser ayer, hoy me arrepentiría. De recordarla hoy -nada la evoca-, tu misma boca lo desmentiría.

Y mañana -que es hoy- lo que aún me reste de ti no será ya: rostro del cero. Te habré borrado incluso en ese este irte borrando lo imperecedero.

54

Agradezco poder hacer contigo esta noche de amor, pero te ruego que comprendas que soy fiel y que a tres amo.

60

Una flor es la flor, no hay nunca otra. Por ello al recordar lo de aquel día, haré que mi recuerdo no recuerde hasta abrirle la puerta a quien no abro la puerta.

61

Escúchale a tus labios lo que quede -lo que llaman recuerdo, algo de nada muriéndose sin nadie-, y que es tan sólo la farsa y la memoria del olvido mintiendo en algún resto de verdad.

66

Otra vez esas hojas recordando el tiempo del adiós, la primavera diciendo quién se fue, quién se quedara.

Pasan las horas sobre el verde quieto, ayer continuo en que los ojos duran.

Frágil vestigio del perdido cuerpo, la ajena flor que de la tarde vuelve a quien huyera con su olvido habla.

78

A veces temo que otra noche, como ésta que casi olvidas acabar, no halle el poema que se edite en tu boca. tus labios tienen tiempo, son despacio. Y está en tus ojos, como nunca, escrito con olor a un después que, todavía, no es anterior a este después de ahora.

80

Las vi cuando cegué. Del ojo apenas, tentación del verano que, en su idioma, le dictaba a mi lengua -punto y coma- sus frutas no tangibles ni terrenas.

Dentro del iris -¿para siempre ajenas?-, del nido huyendo su redondo aroma, volaba entre el escote una paloma de pico bruno y de plumón de almenas.

Una, o dos -¿eran dos, o fueron nada?-, la duda aún le pregunta a la mirada si vio lo que allí vio, si se equivoca.

Pues, si no ciertas, las inventaría. Y ahí -¿dónde no existen?- te pondría el fuego de otro amor y de otra boca.

Por no hacerle la guerra a la costumbre…

Por no hacerle la guerra a la costumbre, allí, en el probador. Allí tus pechos, tan blancos, tan franceses, tan derechos, tan altos como el álamo y la cumbre.

Buscando habitaciones en la lumbre, sitios para la nieve, tibios lechos, el mar se hizo cascada en tus estrechos, ronda de espuma en cárceles de azumbre.

Allí, en el probador, ya desbocados, luchando con la seda y el encaje, la lanza de la miel rompió la herida.

Y altivos, sin ceder, soliviantados, Mont Blanc del probador y su paisaje, alzan triunfantes su total medida.

Quien puso en ti su mano tuvo ardiendo….

Quien puso en ti su mano tuvo ardiendo la carne y perfumó su corazón. Desde entonces mi piel se ha acostumbrado a dormir en una sola habitación.

Después de tanto tiempo de visita los dedos aprendieron la lección. Las brasas de por fuera son por dentro distintas al tocarlas como son.

Andar entre tus cosas una noche es igual que asomarse a algún balcón. Los brazos se hacen huéspedes sabiéndose un jubileo y una jubilación.

Desde entonces no hay nada que no sepa a mercado y a venta de ocasión. Quien puso en ti su boca ha conocido las pavesas de su incineración.

Amar es muchas veces una herida con una cicatriz de quita y pon. Quien deja sus dos ojos en tus labios enferma al encontrar su curación.

Ahora recuerdo cómo anduve a tientas hasta oírle la voz a la emoción. Quien puso en ti su mano ha sucumbido al fuego de su propia combustión.

Reconstrucción del tango no bailado con nadie

La tarde todavía se escribe con tu nombre, con una luz de plata sobre un bandoneón.

Se escribe en un cuaderno con hojas amarillas, grabando cada letra tu nombre en un renglón.

Recuerdo que tenías dos ojos que cantaban y una tienda con flores en la respiración.

La tarde se dolía de un beso en la garganta, de un tango que temblaba dormido en el sillón.

Desde una voz con lluvia cruzaban colegialas sonando en sus carteras la última lección.

Pasaban con la risa colgando de los brazos y el verbo amar en tiempo de desconjugación.

Recuerdo en esa calle dos piernas me miraron y dejaron su firma sobre mi corazón.

Gozarlas fue dolerse la mitad de otro siglo, metiéndole de ausencia su fierro este malón.

Aún oigo cuando hablaban llegando a la cintura, su lumbre de allá arriba bajando hasta el tacón.

No existe ya nostalgia como no oler su cuerpo ni andarle a sus caderas la joven tentación.

Después de que pasaran mis manos se murieron, se me han difunto un hijo y un verso en un jarrón.

El mundo tiene bromas que dan miedo y no debés buscarle más argumentación.

Recuerdo que tenías yuchanes en los ojos y un sabor a semillas y a panificación.

Si dicen que te olvido, reíte, sabés cómo el sueño me ha enfermado tu boca bermellón.

Sabés que sos mi luto que nunca se termina, que vos sos quien me arrima mi desesperación.

Recuerdo que tenías dos ceibos en los ojos y un perfume de fruta casi en germinación.

Recuerdo que tenías la música por dentro, sonando a lo incurable de mi desolación.

Tierra de nadie

Con este abrazo, herido de metralla, he depuesto las armas y los sueños Traigo la paz, el armisticio, blancas alondras persiguiéndome los versos. Mis labios anduvieron las batallas con un fusil al hombro de los besos Hoy traigo la noticia de las agua y un tratado de paz con los almendros. Hoy he vuelto a la vida. Esta mañana no ha disparado nadie en mi aposento. Hoy tengo la camisa lastimada de tanta flor naciéndome en el pecho. Soy yo. Todo es posible- Se levanta el sol tras la joroba de los cerros-. Hoy traigo la inocencia de la escarcha y el temblor de las lágrimas del eco. De la trinchera azul de la almohada se despliegan banderas en mi lecho. Firmé la tregua y, en lugar de balas, siento una lluvia mansa entre los dedos. Salgo al pasillo. Silbo como cada hombre que se despierta y siente nuevo su corazón. Vencida entre las sábanas duerme la sombra antigua de mi cuerpo. Soy yo. Todo es posible. El agua salta en el lavabo y moja el azulejo. Hoy traigo una canción en las pestañas y un arroyo sin límite en el cuello. Tomo el jabón. Mi piel, apaciguada, selló su compromiso con el tiempo. Limpio la tierra oscura de mi cara con el canto infinito del jilguero. Esta mañana estreno una palabra que me quiso robar el alfabeto. Firmé la paz, la tregua, con las armas y un tratado a la rosa de los vientos. Por la felpa y la sed de la toalla se ha quedado aquel hombre del espejo. Hoy traigo la caricia de la aulaga y un pacto con la patria del invierno.

Tú, que tienes el tiempo sobre la mano y lloras…

Poema escrito el 11 de Noviembre de 1.978, durante la estadía del poeta en el hospital, aquejado de una grave enfermedad de la que luego saliera airoso.

Tú, que tienes el tiempo sobre la mano y lloras y piensas de mi vida que un astro es apagado, me ofreces una carne de sueños y de esporas y una larga abundancia desde el lecho habitado.

No encuentro otro homenaje más hermoso que verte. Mirarte es entenderle su inocencia al rocío. Tu cuerpo es en la tarde como una almena fuerte donde hacerse una casa protegida del frío.

Abeja de ti misma, libas de ti, frecuentas el calor que a la noche destinas y desmayas. Eres como una alcoba donde el aire aposentas, como una nube joven que enviudase en las playas.

Solo un campo contiene soledad tan desnuda. Tiembla, frágil, la alondra que en tus pechos anida. Me miras y te ofreces desconsolada y muda. Vuelas como una lluvia que creciese dormida.

Oculto anda en tus ojos un olivar furtivo. Por dentro de tus pechos se muere un gladiolo. Tus labios se hacen grandes y el sol diminutivo. Grita un corzo en tu cuello desamparado y solo.

Detrás de tus mejillas un pueblo hace su fiesta. Tendida eres un lago que su vientre inaugura. Eres tu misma sombra, destronada y depuesta, que amanece gigante desde su desventura.

Y después fue el olvido…

(Ante la casa de don Francisco de Quevedo)

Y después fue el olvido. Fue la espiga mártir del sol, esclava de la avena. Fue enterrada en el polvo la azucena, mancillada su casa por la ortiga.

Después fue ya el olvido -No castiga la muerte más que aquello que condena a ser sombra-. La miel de la colmena se hizo veneno, pócima enemiga.

Todo lo que pujaba como un canto, como un himno glorioso, fue transido de soledad, de arena de desierto.

Y aquello que fue vida sintió espanto de ser humo. Después vino este olvido a decirme que el sueño estaba muerto.