Las señales, himno para empezar la primavera

Las señales, himno para empezar la primavera

A Emilia Y Ángel Manuel Yago.

Todo es hermoso ahora. Vive el alma esta noche la paz. Desconocida eras, y ya eres parte de mí. Vuelves como si nada, nadie, separase. Regresas. Siento cánticos contigo, reconociéndote. Los ojos, si los abro, cierran la flor del día, los fugaces puntos de luz. El aire quema al aíre. Arde una hoguera. Sombras.

No. Ninguna comparable. Caricia irrepetida. Laurel de las dos sienes. Verso a verso desentrañada aquí. Página en blanco donde está el sacrificio del poeta.

La tierra es una parte diminuta del corazón Quisiera bendecirte hoy que el odio se cambia. Es alegría de mil colores.

Hablo, sin embargo. Escribo, sin querer, lo que el silencio comunicara. Ven. Hay que decirnos, para entendernos, algo. Ven. Yo soy. Recuérdame. Yo soy. Tiempo de magia. Soles ardientes. Júbilo sonoro. Voces profundas. Voces.

No es posible sea el eco, no es posible. La montaña desplazóse del sitio -¡Oh fe que mueve la roca contra el pájaro del cielo!-, halló lugares vírgenes. Lugares sin tu amor.

-Verdad que ha de salvarme No otra casa que ella. No agua turbia. La verdad. Los arroyos-. Siento cánticos de ángeles que cruzan con la espiga más pura sobre el halda.

Oh si, la tierra es una parte del corazón que ahoga y nos sepulta. Apenas nace el día cuando, después, ha muerto. ¿Dónde huellas, el rayo de la luz? Sombras atroces vienen. Oigamos, limpios, el milagro del nacimiento. Oigamos. Escuchemos este batir de alas.

Sálvame. Puedes salvarme. Sálvame. Salva, hermosea la fragancia perdida, alumbramiento de la verdad. Tenemos que salvarnos llegando a ti. Sonando las trompetas. Los muros derribados. El concierto de las palmas azules. Aguas claras.

Quisiera bendecirte. Proyectarme al regazo materno. A la inocencia de la creación. Subirme a los torrentes. Al árbol de la sed. Romper cadenas enemigas. Ser tuyo.

Ser ya tuyo como un himno en la sangre. Como un río que desemboca, y nace, en pleno mar.

De “Tierra de nadie”