Niño hermoso, qué tienes en las manos...

Niño hermoso, qué tienes en las manos…

Niño hermoso, qué tienes en las manos. Que rico presente, voz silbante de junco, das.

Mi puma más inocente, arroyo de arrogancia, divino bien.

A qué callar. Te amo. Dispones de la llave del corazón. En esta tarde roja que hierve cuando miras. Si muerdes la gran manzana en flor que va cantando bajo tu bozo. Mientras músicas arden en cada sílaba precoz. Como gacelas nerviosas, ya atraídas al bosque de tu labio virginal.

Niño hermoso que fuiste, excelso pájaro, un trino en el jardín. Ramo de mirto. Brazo de luna entre lo oscuro.

Quién, mirado, enamora como tú. Qué así vive sobre el alma, conforma esferas de ilusión, deja su nombre en sábanas de hierba, pulsa la miel.

Oh, hijo mío, regato de mis fuentes. Seguro yo. Gran copia. Caricia de mi espejo.

Te amo, oh, sí, te amo. No llegue rubor a mis mejillas al confesar que tuve tu cáliz, tu amapola finísima. El murmullo de tu lengua de mar entre la playa. El mismo yo naciendo. La gloria difícil de tus años, tu carne atroz.

Bien mío, recuerdo sólo, hoy humo flotando en la ciudad. Qué trajo aquí tu estatua de doncel.

Oh, criatura color de pan. Milagro de piel espesa y grata. Caballo torpe. Mozo mollar. Tigre feliz. Arte menor. Hermoso joven. Luz en la niebla de la memoria.

Y beso, vez repetida, aquella superficie. El vaso de licor. -Ah memento, así arañado-. Rama que fui. Narciso mío, reflejado en el lago de la niñez y el Sur. Libro mortal de ejemplos.