Entonces, en los atardeceres de verano, el viento traía desde el campo hasta mi calle un inestable olor a establo
y a hierba susurrante como un río
que entraba con su canto y con su aroma en las riberas pálidas del sueño.
Ecos remotos, sones desprendidos de aquel rumor, hilos de una esperanza poco a poco deshecha, se apagan dulcemente en la distancia:
ya ayer va susurrante como un río
llevando lo soñado aguas abajo, hacia la blanca orilla del olvido.