Una mujer corría. Jadeaba y corría. Tropezaba y corría. Con un miedo macizo debajo de las cejas y un niño entre los brazos.
Corría por la tierra que olía a recién muerto. Corría por el aire con sabor a trilita. Corría por los hombres erizados de encono.
Miraba a todos lados. Quería detenerse. Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo. Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
Pero no hallaba sitio. No encontraba reposo. No lograba la pausa sosegada y segura que las madres precisan. Ese viento apacible que jamás se interpone entre el pecho y el labio.
Buscaba cerca y lejos. Buscaba por las calles, por los jardines y bajo los tejados, en los atrios de las iglesias, por los caminos desnudos y carreteras arboladas. Buscaba un rincón sin espantos, un lugar aseado para colocar una cuna.
Y corría y corría. Dio la vuelta a la tierra. Buscando. Huyendo. Y no encontraba sitio. Y seguía corriendo.
Y el niño sollozaba débilmente. Crecía débilmente colgado de su carne fatigada.