Primeras soledades

Primeras soledades

Atardeceres rojos de otra edad, Quemándome sin arder. Ya no sabía qué decir, qué hacer. Me pesaban las horas como lentos relojes Que se llevara el sol en su caída. Sabía Que aquella luz rabiosa me llamaba desde lejos: Algo tengo que ver con ese fuego Que me enciende los ojos, Mientras los árboles oscurecen Como barcos perdidos, Y las casas parecen blanquear un momento Antes de convertirse en sombras, con la mía, Recostadas en los picos de la sierra. Lo quería entender. Como quería saber quién era yo. Cuántas veces le preguntaba al aire Por sus promesas, aquello que escondía Tan sutilmente como se deshoja la tarde Bajo su escalofrío. Una ráfaga helada me recorre por dentro. Desde la baranda, mirando el horizonte, La vi apagarse, infieles, Extraños días que murieron sin mí Guardándose el enigma de un nombre y su destino. Luego el tiempo -que todo lo cura o destruye- Me hizo fotografías de frente y de perfil Para representarme en sociedad, darme carácter. Y como siempre nos mide a su capricho, Me regaló también estrellas risueñas, Nocturnos que ardieron felices, conmigo Llameando en otros ojos. O crepúsculos tristes, como puertas arrancadas De golpe, tiradas al mar sucio Del olvido. Y así escribí mi historia, día a día, Sin paz en esta guerra, rojo y negro. Aquellas primeras soledades, sin embargo, Nunca me desvelaron su secreto: Hermosas y crueles, Prolongándose, Las puedo recortar todavía En el viejo papel del corazón, Justo en la línea Donde prohíbo el paso a la nostalgia. De “Bajo la alfombra” 2008