Te diré que no supe si reír o llorar después de todo pero estaba feliz, demasiado feliz, sospecho ahora. Recuerdo que me hablaste de que empezaba a amanecer, el cielo parecía algodón sucio. Lo más inolvidable será siempre el aire fresco y dulce que crecía, igual que una caricia, entre dos luces. Yo estaba sola y tú quisiste ser mi amigo: que esto no rompa la amistad, dijimos.
Pero fue hermoso más que un sueño, mucho más inquietante que un puente entre la bruma y aquel coche sin duda más maravilloso que un bosque de la Alhambra y tu corazón más hondo y más extenso que el manto de la aurora cuando llorando me asomé al balcón de tus ojos.
Por eso ahora escuece la distancia como ella sola y el deseo -cruel- asoma cada minuto -con el peligro que eso entraña para una sencilla amistad- ahora no puedo menos que aceptar lo que fue un verdadero error de cálculo: esta suave tristeza insoportable con la que no contábamos. De “Cámara subjetiva” 1996