Los deseos de Pilar

Los deseos de Pilar

1 Mira de los tres ríos ese nudo que forman confundiendo aguas y nombres y depón la pértiga de la barca en las jambas de la puerta arruinada. Habrá nacido -dime- amarga hiedra o trepadora correhuela por los muros. Quién fuera capaz de sostener al hacha y -ya ofreciendo este sudor urbano a las aguas sagradas o al viento que hace hablar a los álamos blancos- tallar la viga firme, el puntal rezumante para iniciar la obra.

Dime dónde hubiéramos hallado barro bueno para hacer los adobes. Necesito la imagen del corral, una fotografia de las viñas perdidas, una leyenda -aun breve- sobre el poblado antiguo. No haya nunca tareas sin horizonte, ni entre los dos, palabras de desaliento. Álzanse- no sólo trigos- muros en la isla de la casa invisible que tu solo deseo levantó. Una bandada de palomas lo dijo. lo escribió con reflejos irisados sobre el cristal del dulce regadío.

2 Di si a tu corazón abarrotado responden los vilanos tras el deseo y el soplo. Mira si están ahí de cualquier forma dispuestos por los prados en número cualquiera, inertes ante agosto los que quedan, distinta su configuración a las constelaciones todas, aun disponibles los infinitos puntos de vista. Necesito que arranques uno o que lo caces al vuelo y, si no sabes un conjuro, es igual: sóplalo y pide lo imposible. Sabré por lo que digas cuando levantes el teléfono si se ha cumplido tu demanda, aunque me imagino que no ha de ser rotunda, tímida como sigues, medio escondida aún detrás del chopo aquél de cuando tú querías ser bailarina. Pide -¿será lo que hayas hecho?- ser bailarina; tiempo tienes. Yo sé que aunque te pesen tanto veneno y golpe sobre tu cuerpo -tantas veces compuesto y astillado- hemos de verlo grácil, volador, danzar sobre las penas sobre el estrado, puestas a tus pies como pétalos. Caza, caza un vilano, agarra al vuelo un diente de león.

Agosto, 1984