He anotado esta idea: El silencio no existe.
La he descubierto en mí mientras miraba unas fotografías que alguien tomó en un paisaje nórdico. Podía ver en ellas la rara condición de una llanura en soledad, y en soledad también un poste ensimismado y un asfalto remoto. Bajo la luz raptada, parecía que estuvieran presentes en su abandono estricto, en el légamo claro de cuando nadie mira.
El silencio no existe.
¿Cómo podría haberlo si todo tiene vibración y luce y restalla por dentro más allá de su apariencia muda? En donde estemos ¿no escuchamos siempre su murmullo o su pálpito?
El silencio no existe.
(Noto cómo la idea extrae de mí las líneas de un sentido, y busca su espesor, y al mismo tiempo apunta al blanco en sombra donde está su verdad.)
Quizá silencio es sólo un nombre, un nombre acostumbrado aunque inexacto, una palabra errónea que habla, en realidad, del sonido terrestre que está perdido en un espacio ajeno y despoblado donde nadie lo escucha.
El silencio no existe.
(La idea ya es un dardo que está cruzando el aire. Su vuelo es pensamiento. Mis palabras lo empujan y lo frenan.) De “Con el aire” 2004