Yo decía palabras y escuchaba las que a mí me decían. Mientras, inadvertidamente, se iba alimentando la mañana con el néctar de luz de los almendros hasta forjar una callada majestad: el día.
Yo hablaba y los demás hablaban, y las palabras nuestras fueron un manto tenue que hacía resbalar aquella limpia miel, aquella albura, hacia los bordes de la conversaci6n, y en borrada existencia la perdían.
Puedo saber que la perdían porque la escena llega completa en lo evocado, y veo en mi memoria cómo se erigen firmes a nuestro alrededor aquellas llamas blancas de febrero. Se erigen extrañamente firmes. ¿Dónde estaban entonces, si no estaban ocultas? ¿En dónde respirábamos nosotros? Yo paseaba atento a cuanto me decían pero expulsado a confines sin luz que ahora, al verme en el recuerdo, sé que no existieron. ¿Qué había en las palabras y qué fuera de ellas? La insistencia del mundo. Aquella vez estuvo sostenida sobre rotundas flores invernales. En la diafanidad resplandecían. De las sílabas ciegas que dijimos fueron eco inaudible, un sí y un no libados, la distancia. De “Con el aire” 2004