A ti, siempre alegría

A ti, siempre alegría

Es el pagaros gloria tan subida que cuanto más os pago, más os debo.

A ti, siempre alegría si jazmín amanezcas o canario en la jaula de mi ventana seas. Pero más si tu cuerpo en mi amor se concreta, de una herencia celeste suavísimo albacea.

Mucho más cuando carne de mi carne te entregas y ante tus labios pálidas son todas las anémonas, si luna, porque clara; si mar, porque serena; si vegetal, por ser prisión para la estrella.

Pues te debo alegría y esperanza y certeza y ser quien soy sin ti no puede ser sin mengua, tómame por rehenes de mi amorosa deuda y canario en la jaula de tu ventana sea.

Y todavía, entonces, ¿cómo no te debiera el alpiste y el agua y la lechuga tierna? Tenme como un jazmín silvestre que, a tu vera, se nutra de suspiros, mi amor, mientras sesteas.

A veces el amor tiene caricias…

A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero. Cierras los ojos. Das tu cuello entero a un peligroso filo de delicias.

Otras veces se clava como aguja irisada de sedas en el raso del bastidor: raso del lento ocaso donde un cisne precoz se somorguja.

En general, adopta una manera belicosa, de horcas y cuchillos, de lanza en ristre o de falcón en mano.

Pero es lo más frecuente que te hiera con ojos tan serenos y sencillos como un arroyo fresco en el verano.

Aldaba de noviembre

Una tristeza dulce y anterior al suspiro y las lágrimas, anterior al idilio de la tarde azul y el jacaranda, invade la memoria con su música, su brisa, su nostalgia: Es la tristeza de mirar el cielo cautivo entre las ramas.