Una tristeza dulce y anterior al suspiro y las lágrimas, anterior al idilio de la tarde azul y el jacaranda, invade la memoria con su música, su brisa, su nostalgia: Es la tristeza de mirar el cielo cautivo entre las ramas.
Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato: desayuna. Te ofrezco mi corazón pequeño, y una vena fecunda que tu lengua de gato ha de lamer, ya claras las arrugas del ceño.
Otra copita y basta: Amor mío, qué rato más feliz tu mordisco, como un nudo de sueño, Yo escalo las paredes, tú apacientas un hato, y yo balo en la sombra como cabra sin dueño.
Para ti no es la sombra, para ti es sólo el día, mi Amor nunca tocado por un dedo de bruma, mi Amor nunca dejado por la indemne alegría.
Te ofrezco un dedo rosa y unos labios de espuma, Amor mío; te ofrezco la lengua que tenía cuando dije tu nombre y era el eco una pluma.
“Tigres en el jardín” 1968