Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato...

Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato…

Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato: desayuna. Te ofrezco mi corazón pequeño, y una vena fecunda que tu lengua de gato ha de lamer, ya claras las arrugas del ceño.

Otra copita y basta: Amor mío, qué rato más feliz tu mordisco, como un nudo de sueño, Yo escalo las paredes, tú apacientas un hato, y yo balo en la sombra como cabra sin dueño.

Para ti no es la sombra, para ti es sólo el día, mi Amor nunca tocado por un dedo de bruma, mi Amor nunca dejado por la indemne alegría.

Te ofrezco un dedo rosa y unos labios de espuma, Amor mío; te ofrezco la lengua que tenía cuando dije tu nombre y era el eco una pluma.

“Tigres en el jardín” 1968

Anunciación de la carne

Envuelto en seda y nardos, encajes y rubíes, vino el ángel del cielo a verme una mañana; yo encadenaba plumas de ensueño en mi ventana con un candor desnudo de lino y alhelíes.

Su corte de querubes y jilgueros turquíes, cambiaba por mi leche, mi miel y mi manzana; el beso y la mejilla eran de nácar grana, de tibios surtidores y absortos colibríes.

Se deslizó en mis venas como pez por el río y, al tiempo que en su torre daba el reloj la hora, mané sangre y luceros mezclados con rocío.

Me cerró las heridas su boca que enamora y abrazando mi cuerpo transitado en su brío, me dijo: «Eres hermoso». y se fue con la aurora.

Bajo continuo

Como en la muchedumbre de los besos tantos pierden relieve -sólo el beso inicial y el postrero por los labios recibidos perduran-, estas flores que el año nuevo entrega: Con el blanco del almendro en su abrigo contra el norte, la voz del macasar, no su presencia; hoy, esta rosa. ¿La aguardabas? Huele como la adolescencia y sus deseos. Pero en medio se abrieron las cidonias, los ciruelos, manzanos y perales, tantos y tantos, rojos, rosas, blancos, y apenas los mirabas: Como el gozo de unos brazos constantes de certeza te acogieron, te acogen, y recuerdas sólo el primer calor, sólo la boca que te ha dicho, al partir esta mañana: “No vuelvas tarde”.

Pasas por los campos: Entre las hojas con su verde intenso, aún canta la blancura de los pétalos. Es la felicidad que da sus trinos, sus trémolos, su leve melodía, sobre un bajo continuo de sosiego, de paz, de vuelta al labio no sabido en la forma, en la flor que te formule.

Cantar de amigo

Di, noche, amiga de los oprimidos, di, noche, hermana de los solidarios,

¿dónde dejaste al que ayer fue mi amigo, dónde dejaste al que ayer fue mi hermano?

-Verde le dejo junto al mar tranquilo; joven le dejo junto al mar callado.

Capricho

Un capricho celeste dispuso que velado de lágrimas quedara el nombre del amor;

la alondra, que lo tuvo casi en sus iniciales, lo perdiera en el canto primero que hizo al sol;

la raya temblorosa del horizonte, herida, repitiera la llaga que el eco le dejó;

la lumbre de otros ojos amortecida, apenas para el silencio nido, para el sollozo flor.

Si oscuro fue el capricho, y signo fue del cielo, voluble halló una pluma, rebelde un corazón:

no sometió la sangre al llanto sus latidos y desveló el secreto con risas en la voz.

Como carne apretada a nuestros huesos…

Como carne apretada a nuestros huesos nos envuelve el amor más solo y puro, que, apartados del mundo y su conjuro, vivimos un festín de fiebre y besos.

Este recinto prieto, donde presos unánimes nos damos un seguro. este campo solar y nido oscuro abona en gracia vida y embelesos.

Contagiados de mundo, sin embargo, lucha es la vida con caudal de grito, y a veces un sollozo y un letargo.

Y es que el dolor destroza nuestro mito y el dulce amor nos sabe tan amargo como la sed de un páramo infinito.

Correspondencia

Fosa común de pájaros y fuentes eran tus ojos en la tarde ardida. Había un brillo cruel de luz mordida en tus labios sin besos y en tus dientes.

Ayer dos corazones coincidentes, hoy dos bordes sangrantes de una herida, mañana doble sombra de guarida de sierpes y de lobos impacientes.

Tú, aquí; él, por ahí: Porque no es buena la vida, no: No es justa y no es sagrada para quien muerde el fruto de la ciencia.

Esa ciencia que nace de la pena de no verse mirada en su mirada, pedir amor y recibir paciencia.

Cuentas de vidrio

Así, rodado, crepitado, ungido, estarcido y flagrado, como derrama un niño cuenta y cuenta de vidrio en la sonora patena de la noche, te he entregado mi puño y mi tormenta y he nombrado como albacea la Aurora.

Agujas y sedales han cosido mi lengua al paladar, donde tú abrías ya no sé qué navajas o alegrías, qué sigilo mortal, qué luz de olvido.

No pido compasión; sangre te pido y músculos joyantes y agonías, devoradoras águilas, orgías y uñas escodadoras del sentido.

Y vivir y cantar y la condena cumplir de nuestro amor y ver la cima del monte más temible destrozada

por un súbito embate de carena, por una mano que la piedra oprima con el temblor sediento de la espada.

“Serenata y navaja” 1973

Dame, dame la noche del desnudo…

Dame, dame la noche del desnudo para hundir mi mejilla en ese valle, para que el corazón no salte, y calle: hazme entregado, reposado y mudo.

Dame, dame la aurora, rompe el nudo con que ligué mis rosas a tu talle, para que el corazón salte y estalle: hazme violento, bullidor y rudo.

Dame, dame la siesta de tu boca, dame la tarde de tu piel, tu pelo: sé lecho, sé volcán, sé desvarío.

Que toda plenitud me sepa a poca, como a la estrella es poco todo el cielo, como la mar es poca para el río.

Deshojar un recuerdo se convierte…

Deshojar un recuerdo se convierte en un trabajo lleno de rocío, como un campo de lirios y cerezos donde me vieras sin estar conmigo.

Dócilmente te tiendes a mi lado, extiendes tu cabello, abres al lino interiores de concha y amaranto: el alba fija tus contornos tibios.

Yo repaso el silencio suavemente, fluyen las horas, y en su claro signo ponemos un común astro de besos, y damos los recuerdos al olvido.

Todo lo que anhelé, tú me lo has dado; todo lo que viví, por ti está vivo; lo que no fuiste tú, sombra es de un sueño y no esta flor quemándose en tu brillo.

Tus alas puras lo tocaron todo Y aún vuelas en mi gesto pensativo. Oh, no levantes más recuerdos yertos. Déjame en ti gozosamente hundido.

Después que me miraste

Oigo tu voz muy remota: ¿Me llamas por la alameda al fondo, donde las hojas o fulgen de brisa o tiemblan?

¿O me llamas desde arriba, desde mi memoria, desde tu propio silencio, íntima delicia de conocerte?

¿Por qué me llamas, si sabes que me tienes, que nos somos, que después que me miraste desde tu voz te respondo?

Después que me miraste, 22

Cuéntase de un zagal heroico antiguo tal singular hazaña: consiguió dominar preciadísimo caballo asustadizo de su sombra

guiándolo hacia el sol; obtuvo, así, loa y acatamiento de los hombres. Pero mayor hazaña fue la tuya después que me miraste pues mi pasión e instinto condujiste a la luz de la vida y hoy me miro en el espejo de tus ojos puros dócil corcel de amor.

Duérmete ahora, sentimiento mío…

Duérmete ahora, sentimiento mío. Déjame en esta paz que me regalan la silenciosa habitación, las suaves luces, las tenues llamas.

Ya sé que ayer fue dura la congoja y no sé cómo el corazón mañana soportará romper con estos lazos, con estas quietas brasas.

Pero no me perturbes esta noche en que mi terca sangre se acompasa al fluir de otras vidas más serenas, al soplo de otra gracia.

Y tú, indiscreto pensamiento mío pájaro equivocado de sus alas, duerme también y deja que la noche me abrigue, limpia, el alma.

De “Miradas sobre el agua”

Ebriedad de sol

Vente conmigo a esta caliente fosa, al hueco en que un arcángel nunca anida: es foso de leones o manida de sangre, no de pétalos de rosa.

Aquí los huesos silban, y qué hermosa es su canción de besos y de herida. El relámpago apenas tiene vida en tanta huesa amante y cavernosa.

Ay, ven conmigo. Duérmete a mi lado. El gusano no puede con el sueño, vino es la muerte de metal fundido.

Tierra en la tierra ya, nuestro costado será un arpa que tañe el Sol -su dueño- para darle al Amor nuestro sonido.

“Serenata y navaja” 1973

El amor busca plumas clandestinas

Nació bajo la luz de una tarde de estío. Súbitamente herido, por calles, por tranvías, por geranios, por trajes, liquen de labios, desplegó sus alas.

Rodó por archipiélagos de madreselva húmeda, por vinos aromados y miradas furtivas, pero temió las cárdenas navajas que al inocente acechan.

Por la tronera trémula del pino podían dispararse cerbatanas, flechas extintas como espejos sucios. …Súbitamente herido.

El amor busca plumas clandestinas, rodando por los nombres de los meses, errando las ambiguas direcciones, bares de moho, pensativas lunas, súbitamente herido.

Tenía grandes alas, como fuentes, como cedros, crepúsculos, alondras; iba por avenidas y jardines encorvado de piedras y deseo… Súbitamente herido. Oh los deseos que en el tiempo anidan, que incuban sus estrellas, sus acíbares, y sobre el campo hostil dejan cristales, nácar de empuñadura de navaja, caparazones de marfil, diademas de sangre sexual. Buscaba plumas clandestinas, covachas, paraísos terrenales, ocultos, donde el hombre no acosa como hiena, como hombre, como sonrisa cómplice, ni escándalo. ¡Qué escándalo de plumas! Centinelas de la certera soledad prendían hachones en la noche por barrancos, colinas, por cactos polvorientos, por yacijas donde el amor inventa su mínima aventura, súbitamente herido.

El amor se resiste a los acosos, súbitamente herido, tiene oídos nocturnos, grandes ojos. súbitamente herido, las alas cubren con temor su torso, súbitamente herido, y es feliz con sus plumas de abandono, súbitamente herido.

Acacias, gritos, campanadas, sombras, buzones, fechas, compasión, sollozos: para que su rumor no desvele a los bosques, pasa el amor con la noche en los hombros.

El deseo es un agua

I Siempre vive, pervive, sobrevive y asciende, como un astro y sus luces, el deseo a los cielos, sin confundirse nunca con el cuerpo logrado, sin renunciar jamás al clamor de la sangre,

a las yemas feroces donde mana una mano las nieves sin estrépito, boca que sigue el trazo de las aves más allá de la noche y su sospecha. Abierta noche insomne cuyos dientes tiñen la sangre de un rumor perplejo, tacto de mineral, cristal y lágrima que el mar bebiera y en la luz se cumple abrasadoramente, ardidamente por donde el tiempo yergue sus promesas.

Siempre en silencio perseguido y dúctil, resbalando por montes de corales tranquilos, superviviente frágil que sobrenada el canto último en que los barcos naufragaron sin día, recubierto de arenas marchitas y de pétalos para perder los labios donde la luna insiste, resiste. Donde el hierro, carmín rozado, frente de otro pesar sin nubes se desliza convulso como serpiente muda que las sombras escruta abrasadoramente, nunca saciada, nunca consumada en el tacto, musgos frescos, saladas márgenes, sonorosas pulpas hendidas, siempre perseguidora inmune al sudor del estío, al frescor de unos ojos palpitantes de lábiles corpúsculos de aurora, nunca dormida, nunca cubierta por las alas mullidas del olvido.

II La sangre, hierro convexo, pegajosa brasa sin renuncias, mana y no cubre, fluye y reclama vasos, céspedes hondos, cuellos por donde el aire resuena con cansancios de oboe henchido con el cuerpo que le negó la aurora, buscando el lecho estéril y la sombra baldía, fingiendo la planicie, la suave piel sin fechas, forma de fruto y pecho desnudo de latidos, y el pedernal lo gime.

¡Oh cosechas vencidas, oh simientes siempre más generosas que los ojos, más ofrecidas a las chispas súbitas que la lengua convulsa de mentiras, volved, volved al suelo, y la amapola cante en las primaveras de otros sueños, otro rumor de latidos acordes, un desvanecimiento de los labios ardidos, mordidos, mientras gime la serpiente en la pulpa borrascosa, sumida en su propio deseo, abrasadoramente, nunca saciada, nunca consumada en el tacto, perseguidora inmune al sudor del estío, mientras la sangre consta, mientras vuelve, revuélvese, se disuelve y desciende como liquen sin luces el sopor a los cuerpos, manteniéndolos siempre sobre el duro equilibrio de una luz prometida que nunca, nunca alcanzan, y una sombra perenne que los ata y los ciega!

III No es el azul ni distante-ni irónico, ni en las puertas perplejas que entreabren una posible llama donde el jazmín crepite cuelgan los ramos tristes, las pupilas, la fría mueca por la que pierden su sollozo quienes nunca lograron confundirse en la noche, quienes nunca lograron que la niebla tiñera los jardines del deseo con otra luz que su rencor no hubiere, mientras en las orillas, por la nube primera, como frutos destronados por la estrella rival y melancólica, surten los barcos de enramadas velas, la proa hacia los reinos de la llama, inocente e inmune al cierzo muerto, al austro perseguidor de yeguas y leones, de corzos con la lengua estremecida por las hierbas recientes de rocío junto a la nieve y el azul que ríen.

Porque se supo siempre que nos habita el hálito de un alma nunca nuestra, víctimas de los límites que las sombras imponen al cuerpo y al deseo.

Porque siempre nos queda una duda en racimos de sed, una serpiente de lava que si aflora castigamos con dura resolución de niebla, siempre fingidos, nunca con resplandor de carne abrasadoramente entregada a los vientos que la muevan, fecunden de pájaros y abejas, la miel, el vuelo, el canto por el azul extenso,

y nos llama la sombra, no la llama, no el río con su rumor frondoso, su luz y su clemencia,

y el vano giro y la inventada roca que rueda y vuelve a su lugar nativo no los miramos como ser podrían, concreciones de piel, sed y silencio que como pulpa blanda entre los rígidos y amenazantes dedos de la noche promete siempre abrasadoramente la nueva floración, la sangre virgen negada por los ángeles hipócritas que cubren su torso con las capas del rencor y la envidia,

nunca para dar paz, nunca para que el gozo de la piel amanezca sobre aquellas mejillas donde una vez pusimos la mirada y los labios, tan ardorosamente, tan gozosos, tan ebrios de un primer resplandor, de un desplegado astro en sus luces sobre el mar dormido.

IV ¿De qué pútridas huellas se yergue este perplejo sinsabor de unos muros para la luz cansancio, para la sed derrota, calumnia del rocío?

Desplegaba la tarde sus desdenes en el ocre frenético, en el cisma de un sol de labios húmedos, de un hondo respirar que el sueño oprime,

y el invicto deseo golpeaba los vidrios de aquella luna, cima de la desolación, hierro concreto y linde donde el pájaro abate todo el candor de sus plumas hendidas, el despliegue inconstante de la rica, la grácil persecución de un pecho donde anidan espejos, simulacros de un vino que hace vivir las algas, las espumas rocosas donde el beso se extingue casi con claridad de esperanza o de culmen.

Pero el muro no basta para torcer el curso de las alas, los labios, las yemas, los cansancios que fustiga la sangre y recorre el silencio como una desplegada resplandeciente copa.

Beber y hundir los ojos, con las sienes golpeadas por núbiles enloquecidos potros, puentes hacia el extremo poniente sin rencores, allí donde nos consta, donde canta el deseo.

V El deseo es un agua retenida en los ojos, resbalada en los labios que en la sombra sugieren lentas lunas amargas, fulguración y súplica y suplicio, dura omisión de resplandor silvestre, terrestre, con escamas como días, como fechas impuestas a los súbitos relámpagos insomnes, a la carne que sabe cierto el límite y el trémulo deshacerse en la luz que así la nutre, incorporarse a un borde sin semillas.

El deseo es un agua que persigue álamos blancos, valles y riberas, un horizonte despejado y quieto,

alma región luciente donde fluye una canción con labios que la dicen, nutritiva plegaria, cuerpo solo en que arder y vivir fueran la dicha, el gozo, el vuelo, el silbo, el aire, el sol.

Hacia las cumbres iba…

Primer acorde. Alhambra

Hacia las cumbres iba, hacia las verdes cumbres, su deseo. Allí aprendió que la melancolía, cuerpo lento del tiempo, cuerpo del agua frágil detenida en los vasos secretos, a conformar empieza la memoria.

Lleno de suaves algas y de pétalos sumergidos, de platas indecisas y de leves luceros, allí esperó que la frescura nítida y los blandos oreos condujesen su sed, su amor, su dicha sin nombre hasta los cielos, las visiones perfectas, la precisa iniciación del vuelo y supo allí que la belleza efímera es de toda verdad fuente y espejo.

Idilio

Dicen todos: Ellos son, ellos cantan, ellos miran la aurora de las acequias, el ruiseñor que origina tristezas de amor, extrañas y suaves melancolías. ¡Cuánta flor han deshojado, cuánta mirada cautiva, cuánto encaje de hilo limpio, cuánto beso sobre el día que como un pozo de brasas se enciende y los aniquila!

…no son ellos; ya no son más que tórtola en la encina, más que el agua del venero, más que la flor de alegría, más que una vara de nardos llameante a maravilla, el torso bello y desnudo, la boca que les destila ámbares, rosas, jazmines y una palabra no dicha, palabra sola que son, amor, amor… Y la brisa los lleva, blancos y puros, los lleva a las altas cimas, los lleva a las luces ebrias, hacia las estrellas fijas…

La música en viana

A Guillermo González

Evocar la palabra con que formé mis labios, las palabras, la música de un surtidor tendido: Pérfidos, jaspes, mármoles, columnas derribadas, capiteles y sueños, jazmines y celindos. ¿Y el azahar? ¿Y el aire que duele como un agua equivocada y tensa por las veras del río? y el pez de la memoria deslizándose, yéndose por palabras perdidas, con su rumor de niño.

La más humilde de todas, la más silente, no es el grosero alelí, no es la violeta campestre, sino el geranio, tan duro, sino el geranio que mueve sus ofrecidas umbelas entre el viento y las paredes. Tanto color en la flor, y las hojas cómo huelen.

Amenos valles, ríos de salud, sonrosados cielos de tarde -el ángel protector, más hermoso que la salud, sonríe-. La súbita ceguera se puebla de recuerdos. Es un dolor: Dejadme con la música a solas, que me vuelva la tierra del sol: que me despierte con la miel en los labios y la salud del alma.

¡Oh flor de España!, ¿qué no es flor en ti, si piedra, si estuco, si rocío, si muralla, si hiedra? toda interior, tú, patio de la vida serena. (Fantasía) No es canción ni lamento ni murmullo: trino que el corazón hiciera suyo. Trino sin voz, pero con alma y vuelo, las densas manos de un amor sin duelo. Las densas manos que desgranan ecos de espesos sueños y de pechos secos.

Guadalquivir abajo la agonía de un sol todo memoria y melodía.

Guadalquivir arriba suena un árbol gota de llanto que resbala en mármol.

No es blanco ni verde ni amarillo ni anaranjado; vence en blancura al jazmín, en tiempo a la magnolia, en fuego al querubín. Azahar, azahara, azahares sin fin.

Esta música, el ansia de más vida, ¿qué viola del cielo la ha vibrado? ¿Qué pensamiento entre la carne herida abrió su triste pétalo morado?

Qué corcel de rumor sin voz ni brida para su pétreo paso desbocado galopa por un cielo equivocado, neutra la estrella turbia o escondida?

Esta música llena de añoranza que no alcanza a colmar una esperanza, que tiene nombres pero está vacía

de presente, de amor, ¿qué melodía íntima la sostiene, qué sosiego quiere alcanzar, entre el dolor y el fuego?

El rumor de los pozos, negro en lo blanco, el rumor de los pozos, fresco en los labios,

el rumor de los pozos, Córdoba madre, el rumor de los pozos, negro en el aire.

Guillermo, estas palabras se alimentan de un recuerdo de música y jardines. Tú pusiste la música, que estaban los jardines soñándote, esperándote.

Gracias por tanta luz, por la belleza que tu pasión, que tu conocimiento, elevan como triunfo -doble arcángel: Albéniz, Falla-, en Córdoba, en mi vida.

La somnolencia

A determinada edad pero imprecisa fecha, he descubierto en mí -como, un día, al mirarnos en el espejo, percibimos una peca, muy diminuta, muy subrepticia pero constante- una extraña compasión. No se trata de un ángel vestido de penumbras, de una palabra apasionada y ruborosa, de un acuciante clarinete que se abre paso entre la cuerda como un gato entre petunias: no es una congoja ni la esponjosa sensación del pecho cuando encontramos a un amigo; pero algo más cotidiano, quizá más displicente, un comunicativo interés por los hombres, que no es curiosidad, tal vez no es simpatía, no, desde luego, adhesión, sí una sorpresa, al comprobar que un grupo de hombres es tan sedante como alameda rumorosa, tan excitante como los truenos, tan sencillo como el río.

Entro en los bares y ya no es sed lo que allí me conduce, ni un dejarme arrastrar, ni una imaginación novelesca lo que me distrae. Ya no espectador, sino una somnolienta prolongación de los murmullos, uno más entre todos, porque no diferente. Viejas palabras gastadas, atropellados lugares comunes, cordialidad, cifra de céfiros, adquieren irisaciones atractivas, y la pana de las chaquetas es tan acariciadora como el musgo, fértiles las corbatas como las rosas, novísima una dentadura intacta, como el amanecer. Y como arrullado y como sumergido en imprecisa blandura tibia, y como somnoliento, bebo y charlo con éste o con aquél, sin elección, sin otro compromiso que el pasar este rato que llenará mi vida con no sé qué soñada página de mi historia social; no con intimidad, pero con cierta familiaridad risueña que me indica que se vivir y tengo compañeros.

De “Siesta en el mirador”

Madrigal de otro estío

Dudé si compararte con la nube o la luna: Agua fugaz para mi sed, caricia de luz distante en sombra íntima y única.

Ramas cansadas, últimos delirios esperaron en vano que la antigua costumbre de los astros me alumbrara; dádivas de la nunca previsible constancia de los meses mi sien tocaran con sus manos húmedas.

Toda mi piel gozó tu piel un día, toda mi noche se encendió en tu púdica palabra sin futuro. Sé que un agua de juncias densa y clara se me oculta y me llama y no sé si de mi sed se burla o, para ser, mis labios busca.

Compararte pudiera a los oasis -no a la nube inconstante, no a la luna mudable-, pero sólo oigo mis pasos, no de tus palmas la envolvente música.

Mejor que una punta fina…

Mejor que una punta fina para herirte sin remedio, la filigrana perdida en laberintos de sueño.

Y mejor, los gavilanes que se posan en tu mano como suspiro de alfanjes entre la flor y los ramos.

O, mejor, la paz del día que no necesita espada sino una flecha encendida de sol entre lentas ramas.

Narcisos

A Elena Martín Vivaldi

Bocas de vidrio, esbozos de penumbras. Adelantados o doblados o pertinaces en su insomne palidez de vientos como llamas, los narcisos entregan su aroma, luna de invierno.

Florecer y morir, qué triste júbilo. Su dispersa agrupación conmueve el corazón del hombre, pues conoce que la armonía existe, mas tenerla sometida no puede a su dominio.

Todo es renuncia: de tanto aroma nada se percibe, como en la muchedumbre de los besos tantos pierden relieve, sólo el beso inicial y el postrero perduran.

Hanse abierto en los días cálidos de febrero, largamente esperados, interludio suavísimo entre la agria orquestación del otoño y el ascenso difuso y orgiástico del polen.

Y se propagan y se ofrecen y su obsequio es cuasi monacal, como si una vidriera de ponientes áureos derramara no sé qué olvido glorioso en el tocado de la novicia, ella, tan nueva, entrada en la sabiduría de la entrega.

En las columnas del incienso, en el cavado resonar del órgano suspenso, en el ilustre bisbiseo latino de letanías, hay la misma floración angustiosa de los narcisos,

algo intacto que pasa, y no relámpago; algo que es luz y, al tiempo, materia deleznable; algo que llena el pecho de veneno y promesas. Algo como una nube que transita en silencio.

De “Siesta en el mirador”

Nevando está en la sierra de María…

A Manolo Gil

Nevando está en la sierra de María, en Vélez ha cesado la llovizna. He tomado café. Recuerdo versos que escribí en los momentos de otra dicha.

Hablaban de un otoño a borbotones destellantes, que iba y que venía, con su copa de aromas desbordados súbitamente rota en sacudidas.

Y preguntaba entonces: ¿un tormento el amor, o suavísima alegría? Lo preguntaba entonces y no tengo una respuesta en que acoger mi vida.

Lo que sí puedo recoger ahora es que al tomar café sin compañía me ha quedado en la boca un mal regusto de viejos versos y precoz ceniza.

Noche entre dos labios

La noche, entre dos labios distendida, víctima iridiscente de la aurora, con lluvia canta o gime o duda o llora sobre la huella que dejó la herida.

Difícilmente abril lanza encendida la corola dudosa de una hora; clama en la lluvia el viento, el agua implora cauce a su curso y lágrima vencida.

Pero dos manos limpias, delincuentes porque recogen sólo la bellaza, dejan los labios quietos y sombríos.

¡Oh caricias soñadas e infrecuentes, con la misma pasión e igual tristeza que llevan a la mar llanto y rocíos!

Noviembre

A mi padre

Me acodé en el balcón: las estrellas giraban, musicales y suaves, como los crisantemos de las huertas perdidas. Toda la noche tiene manos inmaculadas que pasar por las sienes que el cansancio golpea, húmedos labios trémulos para tantas mejillas, corazones acordes al par de sus silencios.

Me acordaba de ti, del que no fueras nunca, casi flor, casi germen, casi voz, casi todo lo que nombra un deseo. Aquél que hundió en la tierra su planta generosa, los olivos que ceden su fruto a las escarchas; el que alzaba su mano como si fuera un grito poderoso y maduro sobre el marchito júbilo.

Me acordaba de ti, como en noches pasadas, tanto amor que se logra pero no se consuma por no sé qué misterio, y el corazón, tan lleno de flor y flor perenne, de estrella y lunas fijas, de campo y campo abierto, abría sus balcones hacia un paisaje oscuro de paciencia y de adiós, de clemencia y de olvido.

O no suspires por su nombre…

Ven, Amor, si eres Dios, y vuela. Luis de Góngora

O no suspires por su nombre o no reclames su presencia; que si llega a escucharte, te abrasa; que si llega a abrazarte, te quema.

No es un dios el Amor, pero vibra; no es abeja el Amor, pero vuela: vibra, músico, en todos los cuerpos; tiembla, cándido, en todas las nieblas.

Y si pone en los labios rocío, una gota de sangre se lleva. Que le gustan los labios si rojos y por blanca la blanca azucena, y vuela.

Otra vida, otro mar

álzate a mí, a mi boca, galvánico Amor mío, terriblemente impuro bajo un sol de justicia, revolcado en la muerte, como el furioso río empapado de rayos, de tierra de inmundicia.

Retuércete en mis ingles, provoca un desafío entre amargo orgullo y la casta caricia, y desata los vientos, y el témpano más frío para asolar el único vergel de la delicia.

Y asfíxiame en el fango, y hazme sombra de nada, como un volcán de envidia, como una injusta mano, como un diente roído que en la fruta se encona.

Y después de estar sucios y con la carne helada, ¡vamos al agua quieta donde fulge el verano, vamos al mar sereno que nunca nos traiciona!

De “Extravagante jerarquía” 1981

Palabras en la piedra

Sunt lacrimal rerum

La morbidez de un seno adelantado hacia la mano, toca esta cueva de mosto, este veneno placentero y feroz, une tu boca a su agresiva punta, sorbe, acaba, nos pide. Así la piedra busca un calor de labios o de lava y, para completar nuestro delirio, o nos enlaza en víboras de hiedra u obscena eleva entre su puño un lirio.

La proa sepulcral desarrolla un cartel: Son de las cosas lágrimas. Tú, venera estos restos que fueron manantial de hazaña tanta. Si al tocar, piadosas, tus manos estas losas, no sintiera tu corazón pavor, que tu mirada nunca vea la luz. Fui desdichado porque nací. Feliz, pues he vivido.

Bellos, mas sin sonido, proclaman los clarines la esperada resurrección del cuerpo. Ha reclamado en piedra la palabra luz futura. Procaz el muslo cuanto quieto extiende su frígida cascada; sátiro, no de un bosque, ya no apura vino marmóreo insípido; no enciende ni la horrible amenaza compasión. Sólo vibra la coraza de un tal cadáver que fue hombre y quiere andar entre los hombres, en la plaza, y habla y nos oye y nos acecha. Y muere.

Paraíso final

Luchando, cuerpo a cuerpo, nos queremos de veras y es fuego de mi carne la flor de tu mejilla. El beso en su volumen iguala a la semilla que brota verdemente con dos hojas primeras.

En la concha del ámbar manan las primaveras un arroyo sereno de miel y manzanilla. Tiene la tierra plumas de mirlo y abubilla; pían en nuestro abrazo canarios y jilgueras.

El nácar se disuelve en manantial de leche, en torrente de vino, de aceite y de resina: No hay nada como el lirio que tanto nos estreche.

Hay en cueva de nata paladar de paloma y en jardines cerrados para el sol que declina paraísos abiertos del tacto y del aroma.

De “Tigres en el jardín”

Pasión

Con estos mismos labios que ha de comer la tierra, te beso limpiamente los mínimos cabellos que hacen anillos de ébano, minúsculos y bellos, en tu cuello, lo mismo que el pinar en la sierra.

Te muerdo con los dientes, te hiero en esta guerra de amor en que enloquezco. Sangras. Y pongo sellos a las heridas tibias, con besos, besos….Ellos que han de quedar comidos, mordidos por la tierra.

Tal ímpetu me come las entrañas, que sorbo tu carne palmo a palmo, cerco de llama el sexo, te devoro a caricias, y a besos, y a mordiscos.

Ni la muerte, ni el ansia, ni el tiempo son estorbo. El abrazo es lo mismo si cóncavo o convexo, y yo soy un cordero que trisca en tus apriscos.

Pocas cosas más claras me ha ofrecido la vida…

Pocas cosas más claras me ha ofrecido la vida que esta maravillosa libertad de quererte. Ser libre en este amor más allá de la herida que la aurora me abrió, que no cierra la muerte.

Porque mi amor no tiene ni horas ni medida, sino una larga espera para reconocerte sino una larga noche para volver a verte, sino un dulce cansancio por la senda escondida.

No tengo sino labios para decir tu nombre; no tengo sino venas para que tu latido pueda medir el tiempo sin soledad un día.

Y así voy aceptando mi destino, el de un hombre que sabe sonreírle al rayo que lo ha herido y que en la tierra espera que vuelva su alegría.

Poema final

_A Mari Paz Muros y Juan Carlos Lazúen

“Dejó un cuadro, un puñal y un soneto.” Manuel Machado_

Si mañana no vivo, si mañana queda inmóvil la luz en mi ventana sin mi apresuramiento y mi figura, sabed que algún soneto os he dejado y que, cruzando del olvido el vado, salvé de tantos cuadros la hermosura.

El puñal me lo llevo entre los dientes porque morder las frases más mordientes es caridad, si no cautela humana. ¿Qué os dejo? Mi palabra agradecida y nada más. Si acaso, una manzana

que en vuestras bocas suene a fresco fruto. Iré a otra luz. La luz no guarda luto por quien la amó en el arte y en la vida.

Poemas de Valparaíso, XV

Vine por un camino de rosas y trigales, mi corazón saltaba como un corzo en la aurora, mis labios te decían desde lejos los nombres de las más cotidianas y más sencillas cosas.

Los ecos y las huellas bajo el sol florecían, los jilgueros cantaban por no dejarme a solas, cuando al volver un codo del camino a mi lado se emparejó la muerte muda silente y hosca.

Bajo la luz tranquila se me nubló la frente, se doblaron de tristes las nuevas amapolas: «Espérame a la vuelta». y seguí mi camino por trigos espigados y olivares y rosas.

Ascendí a tu morada y allí gocé tu cuerpo, y allí bebí la muerte y sólo vi la aurora, tus ojos en el fondo de un mar de nácar puro, y tus besos tallados como cristal de roca.

Te apreté entre mis brazos, te confundí en mi sangre, me hundí en tu pecho tibio y entre veras y bromas, pasó la luz del día, pasó la noche densa con olor de jazmines y canciones de ronda.

Los álamos, más altos que nuestra blanca torre, se meneaban de pájaros como un libro de horas. Pero aún era pronto para dejar los besos y ese sopor tranquilo de la penumbra ociosa.

Bebimos vino añejo escanciado en las manos, ebrias de tanto amor y claras como copas; en el huerto encontramos las primeras cerezas. Pasó de nuevo el día, pasó otra vez la sombra.

Salimos por el campo confundidos en uno, tocaba con tus manos, hablabas por mi boca, éramos un incendio de amor en la mañana, a nuestro paso ardían los celajes, las frondas.

Al doblar un recodo nos detuvo la muerte, me llamó por mi nombre y me dijo: «Ya es hora». Mas no logró arrancarme de tu abrazo. A lo lejos los álamos cantaban con el sol en las hojas.

Por la escalera arriba…

Por la escalera arriba mi tedio te seguía, un tedio de magnolia que el aliento marchita.

Por la escalera abajo, cubierta de glicinias, la tarde era más tarde porque yo te seguía.

Te volviste a mirarme, pero no me veías.

Ya sé que no me amabas, lenta luz de mi vida.

Si fueras un crisantemo…

Si fueras un crisantemo -flor del amor en Japón- trasplantado entre mis brazos, te habría quemado mi amor.

Si fueras una azucena -flor del amor en San Juan- trasplantada entre mis brazos, qué lento y dulce espirar.

Pero has sido flor de cuerpo y alma entregada en la flor y me has llevado a tus brazos y me has quemado de amor.

Sierpe profana

Quien tanto te adoró, muerde tu pecho y desata torrentes carmesíes; tiene en las sienes pulsos colibríes y undoso el pelo como el crespo helecho.

Dardo de luz acomodé en tu lecho, duras palpitaciones y rubíes. ¡Y qué fundirse nardos y alhelíes culmen mi cuerpo de tu cuerpo y techo!

Labios que te invocaron, como a diosa, bajo tu vientre ya volcán obsceno, sobre tu piel serpientes de zafiro,

azules de pasión -no de veneno- sorben, caliginosos, tu ebria rosa e, hidrópicos de anhélito, el suspiro.

Siesta en el mirador

Sólo para tus labios mi sangre está madura, con obsesión de estío preparada a tus besos, siempre fiel a mis brazos y llena de hermosura, exangües cada noche, y cada aurora ilesos.

Si crepitan los bosques de caza y aventura y los pájaros altos burlan de vernos presos, no dejes que tus ojos dibujen la amargura de los que no han llevado el amor en los huesos.

Quédate entre mis brazos, que sólo a mí me tienes, que los demás te odian, que el corazón te acecha en los latidos cálidos del vientre y de las sienes.

Mira que no hay jardines más allá de este muro, que es todo un largo olvido. y si mi amor te estrecha verás un cielo abierto detrás del llanto oscuro.

“Tigres en el jardín” 1968

Tigres en el jardín

Como un ascua de odio te hemos visto en la aurora, como un trigal de cielo derramado en la vega, y hemos sorbido el agua que tu contacto dora y ese aroma de rosas que nos cerca y anega.

En este huerto el lirio es feliz. Sólo implora libertad nuestra sangre, mientras la nube llega, se riza y, leve, pasa. Da el chamariz la hora, y el gozo de la sombra, como un rencor, nos niega.

Solos entre las dalias, entre cedros y fuentes, tanto nos asediamos que nos cala hasta el hueso este amor sin futuro y esta luz de los dientes.

Tigres somos de un fuego siempre vivo e ileso, y te odiamos por libre, recio sol, mientras puentes de plata ha levantado la muerte a nuestro beso.