Un capricho celeste dispuso que velado de lágrimas quedara el nombre del amor;
la alondra, que lo tuvo casi en sus iniciales, lo perdiera en el canto primero que hizo al sol;
la raya temblorosa del horizonte, herida, repitiera la llaga que el eco le dejó;
la lumbre de otros ojos amortecida, apenas para el silencio nido, para el sollozo flor.
Si oscuro fue el capricho, y signo fue del cielo, voluble halló una pluma, rebelde un corazón:
no sometió la sangre al llanto sus latidos y desveló el secreto con risas en la voz.
Como carne apretada a nuestros huesos…
Como carne apretada a nuestros huesos nos envuelve el amor más solo y puro, que, apartados del mundo y su conjuro, vivimos un festín de fiebre y besos.
Este recinto prieto, donde presos unánimes nos damos un seguro. este campo solar y nido oscuro abona en gracia vida y embelesos.
Contagiados de mundo, sin embargo, lucha es la vida con caudal de grito, y a veces un sollozo y un letargo.
Y es que el dolor destroza nuestro mito y el dulce amor nos sabe tan amargo como la sed de un páramo infinito.