La somnolencia

La somnolencia

A determinada edad pero imprecisa fecha, he descubierto en mí -como, un día, al mirarnos en el espejo, percibimos una peca, muy diminuta, muy subrepticia pero constante- una extraña compasión. No se trata de un ángel vestido de penumbras, de una palabra apasionada y ruborosa, de un acuciante clarinete que se abre paso entre la cuerda como un gato entre petunias: no es una congoja ni la esponjosa sensación del pecho cuando encontramos a un amigo; pero algo más cotidiano, quizá más displicente, un comunicativo interés por los hombres, que no es curiosidad, tal vez no es simpatía, no, desde luego, adhesión, sí una sorpresa, al comprobar que un grupo de hombres es tan sedante como alameda rumorosa, tan excitante como los truenos, tan sencillo como el río.

Entro en los bares y ya no es sed lo que allí me conduce, ni un dejarme arrastrar, ni una imaginación novelesca lo que me distrae. Ya no espectador, sino una somnolienta prolongación de los murmullos, uno más entre todos, porque no diferente. Viejas palabras gastadas, atropellados lugares comunes, cordialidad, cifra de céfiros, adquieren irisaciones atractivas, y la pana de las chaquetas es tan acariciadora como el musgo, fértiles las corbatas como las rosas, novísima una dentadura intacta, como el amanecer. Y como arrullado y como sumergido en imprecisa blandura tibia, y como somnoliento, bebo y charlo con éste o con aquél, sin elección, sin otro compromiso que el pasar este rato que llenará mi vida con no sé qué soñada página de mi historia social; no con intimidad, pero con cierta familiaridad risueña que me indica que se vivir y tengo compañeros.

De “Siesta en el mirador”