Cuando lleguen los tiempos de la fiebre del oro, qué felices seremos los pastores. Sin tormentas de arena. prósperos en el comercio del tocino de fina calidad y bajo precio. Inmortales seremos los pastores. Admirados. Hasta el fin de los siglos.
El jugo de naranja era tan rojo como el casco de un barco. El jugo de naranja que bebiste en pleno malecón el mismo día que el mar se retiró 40 millas antes de desplomarse.
Amo la soledad de estos parajes, los bien cocidos alimentos que no he de compartir. Aleluya. Es la hora en que el ferry de Dover se aproxima a Calais bajo un cielo sin aves. La hora en que el océano carece de importancia.
Es el aire lila y helado, revuelto por la proa del avión que avista el aeropuerto ya repleto de luces y animales. El aire de Ayacucho. Ningún otro. De “Propios como ajenos” Antología personal Editorial Inca, Lima, Perú 1989