Créeme, no es piedad lo que siento por ti, ahora que estoy lejos, sino un recuerdo herido. Por ti y por el camino cegado por el bosque que no pude seguir aquella noche joven, perfumada y abierta como el cuerpo de un pino. No es piedad, sino una sensación de fracaso, de suave y entrañable dolor que nunca cesa. Fuiste buena conmigo en mis días de entonces: me diste cuanto soy, este veneno dulce que me impulsa a luchar contra el mar, contra el tiempo y contra el mismo amor de los que bien me quieren. No es piedad, aún te busco en la noche perfecta, deseoso, sediento de tus colores ácidos, de tus estrellas frías, de tus ramas y ríos helados tras los cielos del más hermoso invierno. Te lo digo dolido y con los ojos húmedos, aunque la mente esté segura, serenada: no te pude tener más cerca, pues mis labios llegaron a rozar tus nieves, tu horizonte. No es piedad, créeme; sólo sé que una tarde avanzada, profunda, descendí de aquel monte puro y purificado como un fuego de junio. Creí volver a ti definitivamente y me encontré el camino cegado por el bosque. “Astrolabio” 1975 - 1979