Vamos hacia el techo de las montañas, a las praderas del cielo vuelven las vacas más hambrientas que al alba, helados sus hocicos, helados van los mocos del zagal, mas se siente un dios viendo abajo la noche donde humean los techos de pizarra, las cuadras aún aquí lame el sol gramíneas arrasadas, raíces negras, urces, zarzas indomables, son de cadmio las piedras, la soledad espanta, sienten temor los burros subiendo más arriba (qué horrorosa la idea de volver derrotados) lame, sol, lame láminas de cielo tu miel, pues no puedes ya entrar por los valles, robar la niebla al lago muerto, suspender el paseo de la loba
(hombres duermen abajo sobre la hoz y el heno, tenebrosa noche de los cubiles, ¿comerían los cerdos a aquel niño? no sé si la mujer herviría la leche, rebosaban los jarros de manteca, la ermita aparecía roída por los rayos) aquí el olor a estrella, olor a nube, a flores (flores así no brotan en cien años) subimos, acaricia el mar de lomas, estos prados, su verdeoscuro turbulento, la pana remendada de los montes, ¿qué nos dicen los cascos, los relinchos?
sin paz, sin sueño, pero sin dolores, luchamos con la altura, nuestro hambre es celeste, se nos quedan los ojos allá arriba, en esa línea de las cresterías tallada a diamante… Sepulcro en Tarquimia 1975