Nunca había pensado en recuperar aquel tiempo mas aquí está tu carta desveléndolo y esas palabras que la cierran abriendo en mí otro mundo: Mientras tanto, escucho aquella música y miro los jardines de invierno.
(Bajaba entre cipreses, enredada en el humo de las mil chimeneas, una niebla azulada. No había visto una tierra tan excelsa, unos labios tan mortales y delicados, una música como el tiempo sentenciado de las recolecciones, como la aureola del sol de cobre enfermo sobre las colinas en que Ficino y Poliziano platicaron. He tenido la suerte de ver la mansedumbre del paisaje arrancado de un Libro de Horas, de estar allí mirando contigo los jardines de invierno, sin desear la primavera, ni ansiar otra estación que no fuera aquella de la eterna consumación, de la muerte dulcísima que hacía aún más largos tus brazos, que enriquecía con humedades tu cintura, que sepultaba tus ojos bajo un mánto de hojas negras. Pero, ¿cómo se puede desenterrar tus ojos, desenterrar el sueño para escuchar la música aquélla, para ver, como entonces, los jardines de invierno? ¿Qué mano conducía sobre el valle las nubes? ¿Qué mano sostenía, como un cetro, la tarde? ¿Quién dirigía la ascensión del humo sobre los tejados que acogían por igual bibliotecas y rebaños? Recuerdo aquel crepúsculo áspero de las vasijas, tierno y endurecido como las ramas podadas, días después, de los olivos. Tarde que detenía su respiración a la manera de un ahogado alarido, como el chillido, muy lejano, de un ave. Tarde crucificada en las alambradas, en los brazos descoyuntados de la vid.) Y dices: Mientras tanto… ¿Es que esperas una nueva resurrección de tu carne? ¿Acaso puede alguien devolvernos la fiebre perdida de los ojos, la sangre iluminada de entonces, que la vida ha vuelto ácida? Mientras tanto… Oh, sí, acaso aún duren los jardines de invierno y esa música de miradas superpuestas sobre las transparencias de las aguas de los estanques de ayer condenadas a reflejar el mundo de hoy. Mas debes de saber que la que mira ya no es quien levantaba una pira en la tierra para abrasar la nieve con su nieve. No se vuelve a vivir lo que se vive. No se vuelve a vivir lo que se sueña.
Supones que los días no transcurren porque aterido enmudece el invierno de los campanarios detrás de los cristales de tu ventana. Pero hemos crecido en años y en desesperación y este desconsuelo de las lluvias gastadas. de la monotonía miserable de las tareas me indican que tus labios ya no son tus labios; ni es el mirar de hoy aquel de entonces. Sí, ahora te comprendo. Claustros, prados, el caserío laborioso, ilustrado de cercas y de surcos, el valle de los humanos, perduran con su música, pero el dador de males, despacio, muy despacio (como el humo de entonces) arrastra, con la carta que me escribes, inexorablemente, tu vida a las orillas del Orco.
“Astrolabio” 1975 - 1979