¿Cómo comer sin ti, sin la piadosa costumbre de tus alas que refrescan el aire y renuevan la luz? Sin ti, ni el pan ni el vino, ni la vida, ni el hambre, ni el jugoso color de la mañana tienen ningún sentido ni para nada sirven. Allá fuera está el mar, allá fuera, en el mundo, estás tú. Comiendo tú sin mí: tu hambre, tu pan, tu vino y tu mañana. Yo aquí, ante los manteles opacos y la bebida amarga, ante platos sin sabor ni colores. Lo intento, sí, lo intento, pero cómo comer sin ti, ni para qué… Tú te has llevado tu olor a bosque y el gusto de la vida. Fuera están mar y aire. Dentro, yo solo frente a la mesa puesta que ha perdido su voz y su alegría.
Bajo qué ramas, di, bajo qué ramas…
Bajo qué ramas, di, bajo qué ramas de verde olvido y corazón morado la roja danza muerde tus talones y te estrechan amantes amarillos.
Desde qué repentina lontananza giras, me nombras, saltas entre el aire, mientras yo permanezco absorto en sueños aún dormida creyéndote en mi alcoba.
Qué plateada tristeza te reviste, si alegre hasta tu alegre voz acudo, los pies descalzos, para entrelazarme sal paso de tu danza apresurada.
Dónde te vas cuando te vas y lloran las colinas, a solas con tu nombre para siempre, hasta oír al lado mío tu voz que me pregunta a quién aguardo.