Bajo qué ramas, di, bajo qué ramas...

Bajo qué ramas, di, bajo qué ramas…

Bajo qué ramas, di, bajo qué ramas de verde olvido y corazón morado la roja danza muerde tus talones y te estrechan amantes amarillos.

Desde qué repentina lontananza giras, me nombras, saltas entre el aire, mientras yo permanezco absorto en sueños aún dormida creyéndote en mi alcoba.

Qué plateada tristeza te reviste, si alegre hasta tu alegre voz acudo, los pies descalzos, para entrelazarme sal paso de tu danza apresurada.

Dónde te vas cuando te vas y lloran las colinas, a solas con tu nombre para siempre, hasta oír al lado mío tu voz que me pregunta a quién aguardo.

Bajo los fuegos de fugaces colores que iluminan el aire de la noche, dame tu mano. Mira abrirse las palmeras doradas, rojas, verdes; caen los frutos azules de la altura; rasgan el negro terciopelo las estelas de plata… En tus ojos yo veo el frío ardor, artificial y efímero de los castillos que veloces surgen y veloces se extinguen. Dame tu mano: es todo cuanto tengo en medio de esta falsa riqueza, de esta dádiva que fugazmente se otorga y se consume. Así es todo: organizado y yerto brota el amor, crece, se desparrama, se hunde, vuelve la oscuridad en la que, previsto y bien envuelto, yacía. Nada, nada… Dame tu mano. Entre los irisados estampidos alegres sólo para los alegres, se esfuma el corazón, igual que una girándula demasiado mojada para arder o dar luz. En este tornasolado e intrincado bosque dame tu mano para que no me pierda.