Me sorprendió el verano traicionero lejos de ti, lejos de mí muriendo. Junio, julio y agosto, no os entiendo. No sé por qué reís mientras me muero.
Vengan nieve y granizo, venga enero, vengan escarchas ya, vayan viniendo. Troncos que fueron nidos ahora enciendo y no consigo la calor que quiero.
Suelta la vida al viento falsos lazos: no hay flor, ni luz, ni sed, ni amor, ni río. Sólo hay un corazón hecho pedazos.
Agosto miente, amor, y siento frío. Sin la tibia bufanda de tus brazos aterido sucumbe el cuello mío.
Mi cinturón aprieta tu cintura…
Mi cinturón aprieta tu cintura, y tu sonrisa, mi corazón. Sobrevolamos las islas indecibles ya nuestro paso las nubes se disipan. ¿Cómo regresar al beso y la armonía sin que la respiración se entrecorte? ¿Cómo planear la noche compartida después de tanta ausencia? Sólo el aire es aliado nuestro porque nuestro deseo es de aire puro. Cuando descendamos a la tierra las alas deberán seguir batiendo: el aire de las alas es nuestro sostén único y las alas del aire nuestro lecho. Desembocan los ríos en los mares azules como en tu pecho desemboca el mar. Abrázame en tus alas para que otro aire no me roce sino tu aliento, del que vivo y muero. Bajo el cielo impalpable hecho de luz y espera, abrázame, amor mío, con tus alas. Abrázame sobre la corrompida ciudad sagrada de los hombres.
Mientras yo te besaba…
Mientras yo te besaba te dormiste en mis brazos. No lo olvidaré nunca. Asomaban tus dientes entre los labios: fríos, distantes, otros. Ya te habías ido. Debajo de mi cuerpo seguía el tuyo, y tu boca debajo de mi boca. Pero tu navegabas por mares silenciosos en los que yo no estaba. Inmóvil y en silencio nadabas alejándote acaso para siempre…. Te abandoné en la orilla de tu sueños. Con mi carne aún caliente volví a mi sitio: también yo mío ya, distante, otro. Recuperé el disfraz sobre la arena. “Adiós”, te dije, y entré en mi propio sueño, mi propio sueño, en el que tú no habitas.
Nadie mojaba el aire…
Nadie mojaba el aire tanto como mis ojos. Me decías: “¿Trabajas?” Me decías: “¿Ya es la hora del té?” Y yo no te decía: “Te amo”; no te decía: “Eres todo lo que tengo”; no te decía: “Eres la única rosa en la que caben todas las primaveras”. Me decías: “Adiós, hasta mañana”. O me decías: “¿Necesitas algo?”. Y yo no te decía: “Me estoy muriendo de amor… me estoy muriendo”. Nadie mojaba el aire como yo.
No por amor, no por tristeza…
No por amor, no por tristeza, no por lo nueva soledad: porque he olvidado ya tus ojos hoy tengo ganas de llorar. Se va la vida deshaciendo y renaciendo sin cesar: la ola del mar que nos salpica no sabemos si viene o va. La mañana teje su manto que la noche destejerá. Al corazón nunca le importa quién se fue sino quién vendrá. Tú eres mi vida y yo sabía que eras mi vida de verdad, pero te fuiste y estoy vivo y todo empieza una vez más. Cuando llegaste estaba escrito entre tus ojos el final. Hoy he olvidado ya tus ojos y tengo ganas de llorar.
Por saber tuyo el vaso en que bebías…
Por saber tuyo el vaso en que bebías, una tarde de junio lo rompiste. Bebió la tierra el agua, limpia y triste, y ahora tienes la sed que no tenías.
Quizá otra vez vendrán tus buenos días y bebas sin mirar, como bebiste. O quizá el vaso en el que te ofreciste otras manos lo quiebren, no las mías.
Igual que el que de noche se despierta y busca cerca el agua preparada, te buscó a ti mi voz y no escuchaste.
Pon a tu corazón desde hoy alerta: no nieguen a tu sed enamorada el mismo sorbo aquel que derramaste.
Por mi cuello tu mes de abril resbala…
Por mi cuello tu mes de abril resbala y su música templa mi recelo. De tu mano pasea amigo el cielo y en mis hombros sus cármenes instala.
Tu alegría desata tu rehala de palomas y arcángeles en celo, y ante la nueva aurora me desvelo, entre un batir ardiente, de ala en ala.
Plata y verde le impones tu divisa, al tiempo hostil, a la extenuada espera, al mundo recobrado ya con prisa.
La portentosa gracia quién tuviera, de perpetuar el don de tu sonrisa, que me convierte octubre en primavera.
Quién pudiera morderte lentamente…
Quién pudiera morderte lentamente como a una fruta amarga en la corteza. Quién pudiera dormir en tu aspereza como el día en la sierra del poniente.
Quién pudiera rendir la hastiada frente contra el duro confín de tu belleza, y arrostrar sonriendo la tristeza, rota la paz y el paso indiferente.
Quién pudiera, mi amor, la alborotada resistencia del alma distraída conducir a tu parva apaciguada.
Quién pudiera ostentar, como una brida, el arco iris sin par de tu mirada desde tu luz a mi negror caída.
Quizá el amor es simplemente esto…
Quizá el amor es simplemente esto: entregar una mano a otras dos manos, olfatear una dorada nuca y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.
El grito y el dolor se pierden, dejan sólo las huellas de sus negros rebaños, y nada más nos queda este presente eterno de renovarse entre unos brazos
Maquina la frente tortuosos caminos y el corazón con frecuencia se confunde, mientras las manos, en su sencillo oficio, torpes y humildes siempre aciertan.
En medio de la noche alza su queja el desamado, y a las estrellas mezcla en su triste destino. Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos que infantiles se miran en los suyos.
Quizá el amor sea simplemente eso: el gesto de acercarse y olvidarse. Cada uno permanece siendo él mismo, pero hay dos cuerpos que se funden.
Qué locura querer forzar un pecho o una boca sellada. Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige, otros labios, su beso, su natural deleite otra criatura.
De madrugada, junto al frío, el insomne contempla sus inusadas manos: piensa orgulloso que todo allí termina; por sus sienes las lágrimas resbalan… Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto: olvidarse del llanto, dar de beber con gozo a la boca que nos da, gozosa, su agua; resignarse a la paz inocente del tigre; dormirse junto a un cuerpo que se duerme.
Si todo acabó ya, si había sonado…
Si todo acabó ya, si había sonado la queda y su reposo indiferente, ¿qué hogueras se conjuran de repente para encenderme el pozo del pasado?
¿Qué es esta joven sed? ¿Qué extraviado furor de savia crece en la simiente? Si enmudecí definitivamente, ¿para quién canta un nido en mi costado?
¿Por qué cruzas, abril, mis arenales talándome el recuerdo y su enramada, aromando rosales sin renuevo?
¿Qué esperanza me colina los panales? ¿Qué me das a beber de madrugada, destructor de promesas, amor nuevo?
Si ya no vienes, ¿ para qué te aguardo…
Si ya no vienes, ¿ para qué te aguardo? Y si te aguardo, di por qué no vienes, verde y lozana zarza que mantienes sin consumirte el fuego donde ardo.
Cuánto tardas, amor, y cuánto tardo en rescindir los extinguidos bienes. Ya quién me salve no lo sé, ni quienes clavan el alma dardo sobre dardo.
A la mañana, que se vuelve oscura, sigue la noche, que se vuelve clara a solas con tu sed, que hiere y cura.
No quisiera pensar si no pensara que, privado que fui de tu hermosura, me olvidara de mí si te olvidara.
Soneto verde
Cuando en octubre amor por la semilla conspira con abril de la mirada me subyugó una rosa equivocada: si verde corazón, tez amarilla.
De una la noche en otra maravilla -cera ya agraz, ya pluma alabeada- regresó el alba, limpia y afilada, rasgándome de pura la mejilla.
Verde presidio y hondo, verde prado, que a la esperanza indócil alimentas con grama en flor, sonrisa de mi dueño:
suba la muerte y máteme a tu lado, que esmeraldas, cantáridas y mentas me han dispuesto un profundo y verde sueño.
Tengo la boca amarga y no he mordido…
Tengo la boca amarga y no he mordido; el alma, atroz, y la canción, tronchada. No sé qué fuerza traigo en la mirada, ni qué traigo en mi cuello, de vencido.
No sé ni cómo ni por qué he venido. Esto es todo: llegué; no sé más nada. No me importa el quehacer ni la jornada, y me da igual herir que ser herido.
La sangre, a punto, se impacienta y arde por inundar la alcoba a la que vine, donde fui tan feliz que fui cobarde.
Sólo pido al amor que no se obstine. Me sentiré a su orilla cualquier tarde para que alguien, de paso, me termine.
Tu amor, ayer tan firme, es tan ajeno…
Tu amor, ayer tan firme, es tan ajeno, tan ajenas tu boca y tu cintura, que me parece poca la amargura de que hoy mi alrededor contemplo lleno.
El mal que hiciste lo tomé por bueno; por agasajo tu desgarradura: ni yo abro el pecho a herida que no dura ni con vinos de olvido me sereno.
Mi corazón te tiene tan presente que a veces, porque vive, desconfío que sienta el desamor como lo siente.
Yo he ganado en el lance del desvío: de nuestra triste historia únicamente el arma es tuya; todo el dolor, mío.
Tú me abandonarás en primavera…
Tú me abandonarás en primavera, cuando sangre la dicha en los granados y el secadero, de ojos asombrados, presienta la cosecha venidera.
Creerá el olivo de la carretera ya en su rama los frutos verdeados. Verterá por maizales y sembrados el milagro su alegre revolera.
Tú me abandonarás. Y tan labriega clareará la tarde en el ejido, que pensaré: Es el día lo que llega.
Tú me abandonarás sin hacer ruido, mientras mi corazón salpica y juega sin darse cuenta de que ya te has ido.
Viene y se va, caliente de oleaje…
Viene y se va, caliente de oleaje, arrastrando su gracia por mi arena. Viene y se va, dejándome la pena que, por no venir solo, aquí me traje.
Viene y se va. Para tan breve viaje talé el jazmín, segué la yerbabuena. Ya no sé si me salva o me condena: sé que se va y se lleva mi paisaje.
Sé que se va y me quedo frente al muro de la lamentación y del olvido, oscuro el sol y el corazón oscuro.
Viene y se va. Yo nunca lo despido. Al oído del alma le murmuro: -“Gracias, bien mío, por haber venido”.-
Voy a hacerte feliz. Sufrirás tanto…
Voy a hacerte feliz. Sufrirás tanto que le pondrás mi nombre a la tristeza. Mal contrastada, en tu balanza empieza la caricia a valer menos que el llanto.
Cuánto me vas a enriquecer y cuánto te vas a avergonzar de tu pobreza, cuando aprendas -a solas- qué belleza tiene la cara amarga del encanto.
Para ser tan feliz como yo he sido, besa la espina, tiembla ante la rosa, bendice con el labio malherido,
juégate entero contra cualquier cosa. Yo entero me jugué. Ya me he perdido. Mira si mi venganza es generosa.
Y la luna eras tú…
San Juan de Puerto Rico
Y la luna eras tú. Una luna creciente, blanca, fría. Mirabas hacia el mar y hacia las cosas que no eran yo. Y con cuánto silencio te gritaba -creciente, blanco, frío yo también-: «Mírame, mírame, ay, mírame mirarte…»
Ya nunca más diré: «Todo termina…
Ya nunca más diré: «Todo termina», sino: «Sonríe, alma, y comencemos.» En nuevas manos pongo nuevos remos y nuevas torres se alzan de la ruina.
Otra alegre mañana determina el corazón del mundo y sus extremos. Juntos, alma, tú y yo inauguraremos este otro amor y su preciosa espina.
Para mirar mi muerte atrás miraba y encontré renaciente la llanura y sellada la boca de mi herida.
Ni el nombre sé yo ya de quien amaba, desmemoriado y terco en la aventura de que quien me mató me dé la vida.