Tengo la boca amarga y no he mordido; el alma, atroz, y la canción, tronchada. No sé qué fuerza traigo en la mirada, ni qué traigo en mi cuello, de vencido.
No sé ni cómo ni por qué he venido. Esto es todo: llegué; no sé más nada. No me importa el quehacer ni la jornada, y me da igual herir que ser herido.
La sangre, a punto, se impacienta y arde por inundar la alcoba a la que vine, donde fui tan feliz que fui cobarde.
Sólo pido al amor que no se obstine. Me sentiré a su orilla cualquier tarde para que alguien, de paso, me termine.
Tu amor, ayer tan firme, es tan ajeno…
Tu amor, ayer tan firme, es tan ajeno, tan ajenas tu boca y tu cintura, que me parece poca la amargura de que hoy mi alrededor contemplo lleno.
El mal que hiciste lo tomé por bueno; por agasajo tu desgarradura: ni yo abro el pecho a herida que no dura ni con vinos de olvido me sereno.
Mi corazón te tiene tan presente que a veces, porque vive, desconfío que sienta el desamor como lo siente.
Yo he ganado en el lance del desvío: de nuestra triste historia únicamente el arma es tuya; todo el dolor, mío.