Daba el reloj las doce... y eran doce...

Daba el reloj las doce… y eran doce…

Daba el reloj las doce… y eran doce golpes de azada en tierra… …¡Mi hora! -grité-… El silencio me respondió: -No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía sobre la orilla vieja, y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera. * * * * *