Acércate. No temas: irradia horror pero siempre el horror hizo crecerse a los mortales. Hinca tu hocico, hoza perfumes inabarcables, roces de hembra-delfín. Gasta tu tiempo: el vendaval es su propio elemento. Aspira: aquí está la entregada. No temas al volcán de mantillo podrido y perfumado. Acércate: la gasa se comba sobre el seno palpitante. No escuece su zarpazo: es visitable, casi es acogedora desde que pisa el ruedo. Acércate, su trono -es un efecto óptico- sólo a primera vista se orna de sangre y médula. Estofada de anchas volutas de organdí, irradia horror -te han dicho- transpira opacidad y calentura. Teme -te han dicho- los nupciales asaltos de la Reina: Eres sólo el pulgón, sólo la larva zángana. Ya ves ahora que no: A veces opalina cual medusa, a veces material y reptante como un atroz ciempiés arrastra su dulzura hasta tus labios, besa tus párpados, coge tus manos y las funde a su espalda arqueada por espasmos. Abre su trompa -grácilmente retráctil- y la embriaguez te anega. Succiona, ahora entregada, caen sus toscos vestidos olorosos a tampax y a colegio de monjas. Apenas púber ofrécele tu polen, hazte con la Gorgona un puñado de lava incandescente. Ya sois indiscernibles como el agua y las náyades. Ya la espuma rugiente de los acantilados se acerca a vuestras ascuas. Ya reventáis erguidos y magníficos. Ahora: Forma, Piedras profundísimas huellas del deseo en terrazas basálticas, aluviones de afirmación ante el silencio hosco de los astros. Una vez más el orujo apiñado en los hondos lagares conmemora que un día fuisteis dioses.
De “Una tromba mortal para los balleneros”