La niña de siete años

La niña de siete años

mira que si estuviera destrozada si ya fuese leña algún oscuro invierno la mesa la mesa de billar ya desechada donde aquella sirvienta contaba obscenidades y todos nos reíamos enamorado tú? qué tiempo en la cocina! el cielo raso lóbrego corrían los ratones dios qué risa mi madre; mira mira los ratones cómo se están volviendo a su agujero la cortina de trapos amarillos las cadenas que oímos una noche de tormenta tú patinando por aquel casino con tu cara oriental y nada que creí morirme de amor lo cierto es que te llevo muy adentro

Profecía entre signos

Déjame Renunciar a mi vida por esta vida, a mi palabra por la no hablada. T. S. Eliot

Aquí estarás -déjame que invente esta tarde sin ti- entre los utensilios prescindibles, ya de todo segura, con la casa comida por la sal, y reíamos, los cielos sofocantes del verano, aquí desnuda y tuya (y algunos ratos mía) mientras vuelca el sirocco mariposas quemadas, niños mudos, paladas de cárdenos claveles -que tirábamos- porque lo nuestro eran las margaritas pobres, los caminos sin rumbo por el silente barrio hasta encontrar el reto de las panaderías, de las carpinterías con rótulos a mano, de los atardeceres de color amaranto, de las piernas sonámbulas y los ahumados pechos.

Aquí estarás, con la sonrisa tuya entre gorrión mojado y huella del invierno que de pronto nos abre los caminos de junio, los fuegos de San Telmo en la ciudad inviable, mientras, sobre el asfalto, sobre la atroz grisalla insinúas -no dices- que el dentista es de níquel, que la conspiración, de algún modo, hace agua, que tu cuaderno azul se disolvió en el viento, y que los dos zarpamos -abrazados y huérfanos- rumbo al sueño, esa orden opaca e imperiosa, que mañana remite, y allí estás, y aquí yo.

“El centro inaccesible” 1975 - 1980

Requisitoria general por la muerte de una rubia

acodados en las irreales barandas acodados resistiendo la marea de aromas azaleas tamarindos luna de california en el lento week-end errantes aves marinas también los barcos también los barcos hacia lejanas islas madrepóricas también los marineros empañados también los bidones vacíos las botellas vacías las boyas arrancadas al pacífico cuando acabó la victoriosa empresa también los habitantes abisales estaban al acecho marilyn

recuento de jugadas medias azules prendas floridas en los hondos rincones el incinerador a toda la presión la inminente llegada del lechero y tú con la muñeca fea la estantería con freud las últimas camelias del jugador de beisbol la cintura tronchada sirenas impasibles en las rocas ella fitzgerald canta luces de pasadena tobogán de la angustia blanca luz sideral también ellos fumaban incansables y distantes en los horrendos bungalows la luna aparatosa en el lento week-end de california laberinto de gatos vidrios en el asfalto sombras inmemoriales casas de té llamadas al vacío también ellos con pelucas postizas reventando de alcohol suicidio de john gilbert farsas de paula strasberg hediondez del dramaturgo norteamericano

mil barcos de basora cargados con especias techos de muérdago happy christmas vigilias esperando los besos imposibles también ellos los hornos crematorios los pájaros nocturnos rebosantes de herrumbre la sofocada baja amenazante noche boulevard del crepúsculo ráfagas de terror en los ojos enormes de mi amor aferrada a su sucio frasco de nembutal

De “Antología poética”

Riquezas

Unos sostienen sus huertos oreados, sus panales, sus eras y sus viñas, mas no conocen las fases del mosto. Yo no te tengo más que a ti. Otros tienen sus flotas y arsenales y capean temporales en la Bolsa durmiendo entre unos brazos mercenarios. Yo no te tengo más que a ti.

Los demás tienen prisas y negocios y tratan de llegar pronto a una cita para que esta demencia continúe. Yo no te tengo más que a ti.

“El centro inaccesible” 1975 - 1980

Saldo

Duró poco, como era de prever. Aún menos, como diría el clásico, que la verdura de las eras. Quedan, en la herida memoria -esa puta borrosa conforme caen los años- la noche en aquel faro viendo entrar las falúas en el puerto, algún afortunado calembour, la fría y lluviosa vez en que con gran ternura la cobijé en mi abrigo, el circo de la nieve en el Paular mantenido a distancia por la flor del almendro que purísima ardía aquel marzo precoz. Pienso que poco más. Si preferís otro balance bien podría ser este: la estrella de la tarde hecha pedazos y el vendaval de vidrios en mi cara, dos docenas de orgasmos no siempre compartidos y una plausible tregua para el hígado.

“Cordura” 1999

_Sápidos

El dejar de ser brusco bruscamente: la muerte. o el paulatino: tiempo embalsamado. Dos lagos que ya apenas filtran nada, ni dejan en los dedos mas que cieno.

Esos dos silenciosos martilleos, canjeables son, y dueños, de idéntico esplendor: el volandero, casual y elegante que tendrá siempre, siempre, la ceniza._

Saulo y los pájaros

¿Dónde pernoctarían el largo y frío invierno, en qué nido de musgo o en qué resto de brasas para exultar así, serenos, diamantinos, en las aún desnudas enramadas de marzo al despuntar el alba en la ciudad?

¿De qué astro de cólera y sonido me arrancó ese llamado sigiloso, qué densas capas de miseria y pánico de humo y de salsa loca del Caribe hube de atravesar como un Lázaro ebrio para escuchar al fin, con sentidos ya castos, porque lavados en vuestros arpegios, el hondo diapasón de la tierra, el aliento de la vida sin nombres, ni memorias, ni tiempos?

Lo cierto es que una rabia confusa y un espasmo de dolor agudísimo se fue haciendo sollozo por nuestra vida mala, por nuestra suerte atroz. Y que sólo tus brazos abriéndome los negros precipicios del sueño pudieron suturar la fulminante herida o aplicar el beleño que alivia sin sanar.

De “Horizonte desde la rada”

Semper Eadem

No he de apagar la luz para pensar en ti: a pleno día y ande haciendo lo que haga (deambular por los parques, mirar nubes, contestar a unas cartas, romper versos, retener cuanto graban en el contestador, bromear con el hijo, ver que llueve y apenas lo registran mis calizos terrones pues que la reja de tu sonreír hace días que falta), no afecta a tu presencia cercana o venidera, eje y razón y fuerza y calor míos.

En las encrucijadas más confusas del sueño oscuramente sé de tu vivir. Y cuando la madrugada, a veces, mi dormir interrumpe anunciando borrasca, me oriento por el faro de tu claro vivir siempre al alcance.

“Cordura” 1999

Thesaurus de I.M.

Y como andábamos ya cerca del milagro decías al azar: «Me gusta Dylan.» (Los roídos tablones que acuna la marea, el albo flamear de las gaviotas en la encendida niebla, ese fresco saludo al ocaso, su gesto ya más dulce.) «¿Sabes? Fue un accidente.» (Desiertas calles coloniales a la luz fantasmal del lento atardecer…) Calló tu voz en el teléfono y repentinamente: Todavía no hemos muerto le lancé como un rayo, vente con algo de beber y sola si es posible. Vente -decía (discursos exteriores) con tus ojos de niña asombradísima que ha robado manzanas en el huerto mayor de la cartuja, música silenciosa, pequeña perfumada de limón, joven rama florida, mal amada, te espero. Y te oía discutir de minucias, de modos de transporte, de cruces peligrosos, de ascensores no seguros del todo. Y así, como ya retrasabas y andábamos por bien pasadas luces de Nashville, Dylan dejando su palacio púrpura acompañó un buen trecho nuestros pasos mientras tú me besabas en la senda borrada por las vencidas hojas de los alerces. Se condensaba tu minúsculo aliento en grises nubecillas, oh esbelta, rabiosísima, sensitiva a los aires country songs. No temas, enlazada, no se había vuelto a su refugio de espejos y nieblas el callado muchacho del Mayflower si bien algo cansado cantaba todavía para nosotros Lay Lady Lay o Desolation Row. ¡Tantos siglos de espera, tanta hiel, tantos amaneceres ateridos junto a híspidos cuerpos sin sabor ya y remotos! Vamos pantera. Sigue girando el disco en grandes plataformas lunares. Golden Years, mi corza. Qué lágrimas inmensas y felices frente a la calma del desbordante otoño convocando a los tímidos venados con su oxidada trompa. Solos, oyendo al Brujo, qué tarde, qué tardísimo, qué de repente, alegre, dulce mía, has comprendido toda mi canción.

“Una tromba mortal para los balleneros” 1970 - 1973